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El noséquépunk o la maldición de las etiquetas

Ahora que el último número de la serie de antologías Ácronos ha salido a la luz, es curioso ver cómo la gente reacciona ante las diferencias entre los cuatro números y cómo están gustando. Como hemos dicho siempre los coordinadores (Paulo César Ramírez y yo), hay una clara evolución desde el primer Ácronos hasta el cuarto, una evolución que refleja cómo el movimiento ha ido evolucionando a lo largo de los años desde una perspectiva internacional. Los coordinadores siempre dijimos que nos gustaría abrirnos a la evolución global del steampunk y reflejarla en antologías. Así, mientras el primer número es un steampunk de base, el cuarto acaba por convertirse en una amalgama —un poco loca— de desarrollos del steampunk que se mueve entre el retrofuturismo, el futuro retro, el punk, la ecología y una enorme variedad de mundos.

De los Ácronos 3 y 4 estamos muy orgullosos porque han seguido la estela de varias antologías que leímos con admiración en el momento de su lanzamiento con ojos de «queremos hacer algo así». Las más representativas fueron Steampunk World, de Sarah Hans; The Sea Is Ours: Tales from Steampunk Southeast Asia, de Jaymee Goh y Joyce Chng y Shanghai Steam, de Ace Jordyn, Calvin D. Jim y Renée Bennett. (Como curiosidad, si Ácronos hubiese seguido adelante, seguramente nos habríamos propuesto darle mayor importancia a los cuentos Wuxia al estilo de Shanghai Steam o nos habríamos lanzado a dar a conocer manifestaciones culturales como el Zef o el afrofuturismo que cultivan autores como Milton Davis, que pronto sacará su Dieselfunk Anthology.). 
Sin embargo, el hecho de que en España el steampunk esté tomando su propio camino —lo cual, creo yo, es algo muy bueno— ha hecho que mucha gente se sienta confundida o extrañada cuando entra a leer esta serie de antologías.
Vamos a repasar una serie de preguntas que surgen en ocasiones y que, con mayor o menor acierto, hemos intentado responder en los prólogos de cada uno de los tomos.

Etiquetas, etiquetas, etiquetas… ¿Por qué inventáis tantas etiquetas?
Sí, eso es. Con todas las preguntas que implica esa palabra: etiquetas. ¿Por qué tantas etiquetas? Es una locura ver que hay una etiqueta por libro o por persona, como si cada uno se inventase un género para su relato. Desde luego, no estoy para nada de acuerdo con ello y me parece una locura y una tontería soberana.
Quizá nuestro mayor error haya sido publicar Ácronos dando a conocer tantas etiquetas —aunque, para ser sinceros, cuando digo tantas me refiero a cinco: el propio steampunk, steamgoth, dieselpunk, clockpunk y greenpunk—.
Antes de nada, parémonos a pensar por un momento por qué cuando el steampunk se diversifica en utópico, distópico, apocalíptico, postapocalíptico… no genera una etiqueta. Porque sigue siendo un retrofuturismo basado en la Época Victoriana. Puedes escribir sobre un mundo utópico creado por el Imperio Británico en su máximo esplendor, puede ser la distopía que impone su modo de vida en una colonia de ultramar, o pueden ser los estragos —o post-estragos— causados por el desmedido uso de la tecnología a vapor. Pero siempre te basarás en la Época Victoriana o el siglo XIX como punto de partida. Ese es su principal atractivo. Lo suyo sería llamarlos utopía steampunk, distopía steampunk, etc. Y así no nos volvemos locos. (Aunque todavía habrá gente que se queje de que a la ciencia ficción le sobran etiquetas).
Pero ¿qué pasa si queremos escribir retrofuturismo un poco antes o un poco después? ¿Y si nos vamos al Renacimiento o a el período de entreguerras, tras la I Guerra Mundial? Es en ese caso, surgen términos como clockpunk o dieselpunk. Si bien es verdad que no son palabras para usar fuera de contexto, ya que no suenan nada bien fuera del argot del movimiento steampunk, dentro del movimiento son de gran ayuda. Prefiero escribir a un autor para decirle si me puede enviar un relato clockpunk antes que tener que explicarle lo que ando buscando.
Sea como sea, si no estás muy puesto en el steampunk y quieres disfrutarlo sin comerte el tarro, no te pierdes nada por no entenderlas.

Entonces, ¿por qué no usáis la palabra retrofuturismo y os dejáis de tanto noséquépunk?
Buena idea. Quien me conoce sabe que no soy muy partidario de sumar X + punk cada dos por tres. No dejo de decirlo una y otra vez tanto en persona como en este espacio; pero a poco que te metas en el steampunk, te darás cuenta de que retrofuturismo es una palabra tan adecuada como lo es steampunk. Es decir, no siempre sirve.
Steampunk te limita a Época Victoriana; retrofuturismo te limita a reinventar pasados. ¿Y si un relato reinventa un futuro? ¿Y si un relato es un futuro retro?
Quizá deberíamos habernos quedado cortos llamándole Ácronos. Antología Punk; pero daríamos lugar a equívocos. En ese caso, para ser puristas y más correctos deberíamos haber propuesto el título Ácronos. Antología Steampunk, retrofuturista, de futuros retro y de relatos de punk en casi todas sus vertientes.  Y, admitámoslo, no habríamos vendido ni un ejemplar.
Es por eso que, de forma tácita, siempre se mantuvo la palabra steampunk como el comodín que lo engloba todo, para referirse a todas estas manifestaciones de un mismo espíritu. ¿O acaso no sucede lo mismo con el término «ciencia ficción»? Personalmente, diría que pocos —si acaso alguno— de mis relatos catalogados y reconocidos como ciencia ficción por gente mejor que yo tienen algo de ciencia.
Así pues, ¿etiquetas? Desde luego, no en exceso, sin abusar; pero tampoco me parece correcto eliminarlas para que reine la anarquía. No olvidemos que el propio Kevin W. Jeter se vio obligado a improvisar la palabra steampunk sobre la marcha para conseguir explicarle a su editor de qué trataban La máquina diferencial, Las puertas de Anubis y Homúnculo.

Ya, ¿y el greenpunk? Tú que no parabas de decir que el greenpunk no era un retrofuturismo y acabaste metiendo esa etiqueta en Ácronos 4... y la metiste en tu última novela.
Sí, es verdad, dije que el greenpunk no es un retrofuturismo; y me reafirmo en que no lo es. De hecho, en el siguiente vídeo se ve como respuesta categórica entre los minutos 35 y 37 (además de una explicación sencilla de por qué no me parece bien poner límites al steampunk):


Quizá en algún momento me haya equivocado simplificando en llamarlo “subgénero” o “género” cuando tampoco es eso. (Igual que el steampunk o el ciberpunk tampoco lo son). El greenpunk no es más que un espíritu dentro de un relato, una forma de pensar ecologista con un punto que va más allá de solo el amor por la naturaleza. De ahí que se le haya metido en el saco de los punk (punk entendido como contracultural, no como un sufijo que ha perdido su significado). Y, por supuesto, no es solo literatura.
¿Por qué, entonces, se le confunde con un retrofuturismo?
Cuando se creó, Matt Staggs quiso “arrastrar” consigo a la legión de seguidores del steampunk y por eso, con mayor o menor éxito, provocó que el greenpunk se confundiese con el steampunk y el resto de retrofuturismos. Por eso, el greenpunk se puede ver en innumerables ocasiones entremezclado con el steampunk. Pero esperar que siempre sea así es un error. El greenpunk, según Matt Staggs, y según la comunidad en general, va más allá del steampunk.
Por ejemplo, mi novela Páramos lejanos (Kelonia, 2015) hace un guiño al steampunk en sus primeras páginas, pero enseguida lo deja atrás para volverse puramente Greenpunk. Pero no hay retrofuturismo más que en cincuenta páginas.

En resumen, las antologías Ácronos, como el resto de la producción steampunk utilizan el término steampunk —o, en otros casos, retrofuturismo— para englobar una enorme variedad de épocas, temas, ambientaciones… que no caben bajo un solo término. Reitero, ¿no es acaso lo que le sucede a la ciencia ficción en general?
¿O es que alguien siente que el término “ciencia ficción” es el mejor término para todos aquellos trabajos para los que usamos esa etiqueta? Si alguien lo piensa, le recomiendo que se lo replantee tras leer, por ejemplo, ciertos capítulos de Teoría de la literatura de ciencia ficción, de Fernando Ángel Moreno (Sportula, 2013).

Para saber más sobre greenpunk, tanto dentro como fuera de la literatura:




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