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El pulp, esos libros de segunda

Desde hace varios años, con el resurgir del pulp (llámese Neopulp si place), crece en paralelo el debate sobre la calidad de este tipo de novelas. Hay opiniones para todos los gustos y reacciones de todo tipo (sobre todo en ese campo de batalla moderno en el que se han convertido las redes sociales).
Por mi parte, nunca me gustó entrar en este debate, pero tengo varias ideas claras que hoy me apetece compartir.

Antes de nada, creo que todos los escritores de pulp consideran que este tipo de obras no tienen nada que envidiar al resto de obras de ficción (literatura “seria”, que dicen los escritores “nopulp” o “antipulp” para chinchar). Que sean o no el blockbuster (¿o se dice el mockbuster?) de la literatura es otro cantar. Ahí no me voy a meter.
Sin embargo, partiendo de esa idea, yo creo que la salvedad debería estar únicamente en que nos preocupa más el cómo que el por qué de lo que escribimos —porque yo también escribo pulp (y no es un hastag o un slogan, es verdad) o, como consumidores, de lo que leemos. Deben ser obras de lectura ligera, fácil, estilo sencillo, para nada denso, con mucha acción… Lo que prima es pasar un rato entretenido de lectura y disfrutar del relato sin romperse demasiado para nada el coco. Esto no quiere decir, por supuesto, que haya que dedicarse a coreografiar palizas, tiros, patadas, sopapos y explosiones durante cien páginas (cosa que suele salpicar demasiado a ambientaciones como el Steampunk); ahí radica el arte a la hora de narrar.
Al fin y al cabo, hasta donde acabo de comentar, no hay mucha diferencia en el trabajo del escritor al abordar pulp que al abordar cualquier otra obra. Esto exige menos trabajo de documentación o  planificación, eso sí; pero eso no debería restarle calidad a la obra.
En mi caso, tengo una novela publicada como pulp, Lendaria, y varios relatos; y doy fe de que es así. Aunque sí tengo que reconocer que tiendo a complicar demasiado el porqué de las cosas.

Si nos remontamos a la época en la que estas novelas se publicaban semana tras semana y escuchamos o leemos entrevistas a los autores implicados, nos daremos cuenta de la increíble labor que tenían por delante. Todavía tenemos alguno vivito y coleando, dando guerra con sus textos, que puede dar fe de ello. Ahí está el nen del grupo, Lem Ryan, y ahí está Ralph Barby; dos a los que admiro como padre y abuelo (o, mejor dicho, como hermano y tío, para que no suene raro).
Estos autores y sus editoriales trabajaban con unos plazos tan ajustados que hacían que la calidad de las obras descendiese notablemente si lo comparamos con lo que harían si tuviesen más tiempo para planificar. En su día me llamó mucho la atención, por ejemplo, descubrir por qué las portadas de los libros de bolsillo editados en España nunca casan con lo que cuenta la novela a la que ilustran. No había tiempo siquiera para que el dibujante le hiciese una portada a la historia. Dibujaba mientras el escritor trabaja, o antes, y entregaba un diseño aleatorio.
Con tales plazos es comprensible que la calidad en las narraciones disminuyese y que las erratas saltasen como pulgas del papel. Así y todo, a pesar de que esto es cierto en una gran mayoría de aquellas obras, es increíble lo que algunos de estos autores podían crear en tan poco tiempo. Todavía hoy resuenan los ecos de las más sonadas, siguen siendo leídas y apreciadas por los que las leyeron como novedades de chavales y siguen circulando como auténticas joyas. De algunas de ellas, doy fe que es así. Cuesta creer que hayan sido escritas con tan poco tiempo de planificación (os aseguro que si Curtis Garlan o Ralph Barby participasen en NaNoWriMo nos darían una lección a todos).

Sin embargo, los autores de hoy en día no tienen que trabajar bajo esta presión (al menos, creo que la mayoría no) y las editoriales no hacen malabares con plazos tan cortos. Así pues, no puedo leer una novela pulp de hoy en día bajo el mismo rasero con el que leo los bolsilibros que las imprentas de Bruguera vomitaban semana tras semanas.
En el caso de los fanfic que se escriben semana tras semana y se publican gratuitamente, sí entiendo hasta cierto punto que suceda lo mismo. Pero si una editorial anuncia una novela pulp, se preocupa por crearle una edición cuidad (con una portada y unas ilustraciones acordes al texto) y le da unos plazos razonables al autor, ¿por qué seguimos viendo las mismas erratas? O, en ocasiones, peores erratas.
Puedo aceptar las sangrantes que dejaba pasar Bruguera en una novela de noventa páginas que costaba un duro de los de antes, pero ¿por qué un libro de más de doscientas páginas en formato regular cuesta más de diez euros de los de hoy y contiene las mismas erratas?
Si los plazos de trabajo son razonables y, por tanto, la edición es mejor y más cuidada por parte de la editorial… ¿no debería exigirse una mayor calidad en el texto?

¿De qué autores y de qué editoriales hablamos? Amigos, ese es el problema. Podríamos hacer una lista de editoriales o autores que no merecen la pena, al igual que podemos rastrear a todos los autoeditados de Amazon y pasarlos por la criba, pero para eso tendríamos que ir uno por uno y comprarlos a todos, perdiendo tiempo y dinero. Ese es el problema del lector a la hora de acercarse al pulp, aun cuando considera que su calidad no tiene nada que envidiar al resto de ficción.
Pero cuando esto sucede una y otra vez es cuando el debate se reabre y cuando los lectores empiezan a considerar suya la idea de que al pulp le falta calidad o es de segunda. Es por tanto, labor de los creadores de pulp tener sentido común para con sus obras y tratarlas con el cariño con el que las tratarían si fuesen a ser publicadas sin la etiqueta “pulp”.

Quizá dicha etiqueta fuese sinónimo de baja calidad o erratas a patadas en su día, por las circunstancias en las que se trabajaba, peor ¿por qué hoy? Al fin y al cabo, la palabra es la herramienta de trabajo del escritor. Y como en cualquier oficio, él es el primero que debe preocuparse por usarla de la mejor manera posible.
Y no hablamos de calidad o estilo, ya que es algo más subjetivo. Estoy hablando del mínimo que se le debería exigir a quien se llame escritor profesional.
Si no queremos que se nos catalogue como escritores de segunda, no demos motivos para ello; y si no queremos que digan que no somos literatura seria, hagamos las cosas con seriedad.

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