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La revolución steampunk que nunca llegó

«Las lecciones del steampunk no son sobre el pasado,
sino sobre la inestabilidad de nuestros propios tiempos.»
Bruce Sterling

Ya dije muchas veces que conocí el steampunk en 2009 a través de Richard R. Nagy, más conocido como Datamancer. Le tenía y le tengo mucho cariño a sus trabajos. Aun a día de hoy me siguen fascinando y moriría por echarle el guante a uno de ellos. Sin embargo, uno de los recuerdos que más guardo de este hombre es el modo en el que hablaba a veces de sus primeros trabajos. Recuerdo especialmente lo que decía de uno de sus primeros portátiles, que se puede ver en la fotografía adjunta. No sé en qué enlace podría ver citadas sus palabras —creo que fue en una entrevista; si alguien lo encuentra le agradecería el detalle de postearlo en comentarios— pero venía a decir que se sentía un poco avergonzado de la bisoñez de sus inicios en el steampunk. En concreto, a ese portátil lo decoró con un montón de engranajes colocados ahí sin más y eso, con los años, le hacía sentir cierta vergüenza.
Quien conozca la obra de Datamancer sabrá de su evolución y verá que este detalle no se repitió en futuros proyectos. No despiezó ese portátil por lo que posteriormente consideró una tontería, pero sí hizo algo por cambiar, evolucionar y mejorar su trabajo.
Es normal que nuestros inicios sean como lo fue ese primer portátil. Nadie nace aprendido. Pero lo lógico es que, con el paso del tiempo, haya evolución.
Desde 2011 o 2012 digo y repito que el steampunk merece esa evolución, salir del estancamiento al que lo tenemos sometido y demostrar de una vez por todas de qué es capaz. Desde mi punto de vista y con mi trabajo, he intentado predicar con el ejemplo tanto desde este blog como en literatura (tanto como escritor como antólogo) y en organización de eventos [sobre todo, propagando por España la EuroSteamCon (aunque tal como están las cosas no sé si esto fue un error, el tiempo dirá si me equivoqué…)].
Sin embargo, después de entre cinco y diez años de steampunk en territorio español, ¿qué hemos conseguido?

Quien conozca el steampunk y tenga una visión general del movimiento en la Península no necesita más que un rápido vistazo para ver cómo están las cosas a día de hoy. No me corresponde a mí juzgar a ningún individuo, grupo o comunidad por su modo de actuar. Ni merecen que se lo haga, por supuesto.
Sin embargo, todos debemos reconocer que este movimiento lleva ya varios años de recorrido y merece avanzar. Cada vez más, el mundo mira hacia España esperando ver qué será lo próximo. Y si queremos que el movimiento crezca, dado que ya ha tenido tiempo suficiente para asentarse, hay varios comportamientos que, desde mi punto de vista, deberíamos desterrar ya.

El estancamiento. El engranaje que no engrana no se mueve
Una de las actitudes que más extrañeza me produce es la del espectador pasivo, aquel que apenas ve —o apenas quiere ver— más allá de la estética del steampunk y no aporta más que el curioso fenómeno de “compartir” fotos; sean suyas o tomadas prestadas de otras webs o muros. Es un comportamiento habitual tanto en individuos como en grupos minoritarios, normalmente asociados a una ciudad o territorio.
Esta actitud, no más allá —o poco más allá— de la estética, aparte de no lograr más que regodearse en engrosar álbumes fotográficos, provoca que el steampunk siga atascado en la estética, en la simple imagen y en muchas ocasiones —aunque me sepa mal la boca al decirlo— en el postureo barato.
Sea bien o malintencionadamente, no es poco común que este tipo de actitudes se escuden en el carácter integrador del steampunk, tergiversando sus bases en un “todo vale” aunado a la falta de autocrítica. No recuerdo quién fue —una vez más, quien lo recuerde que lo incluya en comentarios, por favor— que llamaba a esto “anarquía conceptual”. Nunca mejor dicho.
Hablando sobre este tema en la reciente presentación en Fnac Callao de la antología Ácronos. Volumen 3, nos centramos en el engranaje que no engrana (ese que enrojecía a Nagy en sus últimos años), el “compartir” imágenes sin más, quedadas sin pretensiones más allá de hacerse fotos… el estancamiento.
No obstante, recuerdo que a esa charla acudió un curioso personaje que poco sabía de steampunk y retrofuturismos, pero que entendió bastante bien el concepto. Aquel hombre supo captar al vuelo que el punk debería tener mayor valor que el steam y que nuestra labor debía centrarse en la reflexión sociopolítica que, en definitiva, siempre busca la ciencia ficción. Sin quererlo, el primer contacto de aquel hombre con el steampunk coincidía a la perfección con las palabras de Suna Dasi (Steampunk India) en una entrevista realizada en este mismo blog para Steampunk Hands Around the World 2014:

«…rehuyo  de  las  palabras  vacías  y  pretendo  dar  una reflexión  sociopolítica  a  mi  ficción;  en  cierto  modo,  igual  que la ciencia ficción hard ha estado haciendo durante muchos años y, más recientemente, el new weird.»

Por otro lado, y partiendo del espectador pasivo, no puedo evitar pasar a pensar en el vendedor agresivo. Se trata de aquel que descubre que el steampunk puede ser un filón para su negocio y lo explota sin escrúpulos, adaptándolo a su producto en lugar de adaptarse al movimiento (cáptese la idea que pretendo transmitir). En definitiva, por la simple pretensión de llegar a más gente, se tergiversa y se transmite una idea equivocada de lo que es este movimiento.
Por suerte, hay que reconocer que esta es una actitud menos común (aunque sí es verdad que hace más daño y, cuando surge, es más cargante).
Sobre este caso, en la entrevista antes citada durante Steampunk Hands Around the World 2014, Diana Pho (editora en Tor Books y administradora de Beyond Victoriana) dijo:

…«…lo  peor  que  le  puede  pasar  al  Steampunk  es  que  se  le  intente despojar  de  su  identidad  para  convertirlo  en  una  subcultura  que cree arte inútil listo para consumo masivo.»

Hace varios años, Fran Alfaya (Decimononic), resumió todo esto en un concepto que todos podemos entender fácilmente: juntar huevos y patatas no es hacer una tortilla.
Y supongo que todos estaremos de acuerdo. Una tortilla se compone de huevos y patatas, sí; pero el
solo hecho de juntarlos —o juntarlos como a uno le dé la gana— no hace que el plato esté listo, mucho menos comestible. Y por mucha gente que se empeñe en que un engendro mal cocinado es una tortilla, el concepto que todos tenemos claro del plato hace evidente que se equivocan; por muchos que sean los que griten lo contrario.
Con el steampunk, señores, sucede lo mismo. Que haya mucha gente equivocada no hace que sus ideas sean más válidas que las auténticas. Es cierto que es muy maleable y merece una evolución, sin barreras ni estancamiento; pero no puede salirse ni merece que se le saque de las bases que lo han hecho nacer. Nuestra misión es encontrar ese balance y trabajar desde ahí, sin perder de vista su verdadero objetivo.
Como dice Marian Womack en su postfacio a Retrofuturismos (Nesvsky, 2014):

«La época concreta, el país, carecen de relevancia. Lo que sí la tiene es otro elemento imprescindible que acompaña a dicha tecnología: el punk. Una vocación crítica que a menudo pasa desapercibida al lector, debido justamente al atractivo estético del steam, y que sin embargo está ahí desde los albores del subgénero, y lo define tanto o más que la propia máquina de vapor.»

«...aparte de lo estético o lo comercial, ¿es posible que el Steampunk acabe por tirar por otros caminos, tomar otros derroteros? ¿Es posible que se inicie una revolución que lo lleve a escribir con letras grandes su parte punk y, con la pequeña, el Steam? Solo el tiempo lo dirá...»


Traducción. Extracto de Steampunk III: Steampunk Revolution © Ann VanderMeer 2012 | tor.com

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