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Esa cosa llamada Greenpunk

A estas alturas del partido, no es un secreto que la única palabra acabada en –punk que me gusta es cyberpunk. Y aunque me confieso enamorado del steampunk, siento cada día en el alma que no se haya escogido cualquiera de los mil nombres mejores que podría haber para este movimiento.
Una de las mayores desventajas de la fórmula «X + punk», como comenté hace un par de meses en Un poquito de por favor…, fue ilustrada mejor que nadie entre las páginas de El Investigador #11 por su directora, Araceli Rodríguez.
http://el-investigador-magazine.blogspot.com.es/2014/12/los-fantasticos-punks-del-steam.html

Esta fórmula nos hace pensar que podemos crear nuevos géneros, ser los pioneros en nuevas tendencias y tener una legión de seguidores a nuestras espaldas solo con sumarle a una palabra, la que mejor represente nuestra idea, el sufijo –punk.
Una de las mentes pensantes tras una de estas nuevas tendencias fue un publicista, Matt Stagg, al que se le ocurrió que el tirón del steampunk le serviría para dar difusión a lo que él dio en llamar Greenpunk.
Si el cyberpunk es un subgénero especulativo oscuro y nihilista (por lo que se gana con todas las letras el sufijo –punk) en el que la tecnología crece a niveles impensables y las relaciones sociales se olvidan casi por completo; el greenpunk tendría que ser algo así como lo opuesto al cyberpunk. Según el artículo ¿Qué es el Greenpunk? que Guillermo Moreno escribió en La Cueva del Lobo:
«Este se puede entender como un movimiento que propone tomar los elementos culturales de la sociedad de masa, del cual se han valido las élites, para doblegarles y usarle a favor de la sociedad para resolver sus problemas sociales; darle una vuelta de tuerca al consumismo al favor de un mundo verde.»
Hay que reconocer que la idea es buena, pero el señor Stagg se equivocó en la realización. No se puede dar un golpe en la mesa y presentarle a la gente un manifiesto con un nuevo movimiento con el que “jugar” esperando a que todo el mundo lo acepte y se lance a por él. El steampunk, por ejemplo, nació en los años 80 y necesitó de más de 30 años de cocido para ser lo que es ahora. Nació, creció y se difundió. Pero al greenpunk se le exigió hacerse adulto desde la cuna, y eso no es justo.
El término greenpunk, desde mi punto de vista, es un error. No es más que un lastre que ya le está haciendo mucho más daño del que al steampunk le ha hecho el suyo (algo que, por cierto, incluso pasa con «ciencia ficción»). Podemos llamarle como queramos, pero teniendo en cuenta que es algo que ya estaba ahí y en el que, en definitiva, todo sigue girando en torno a lo mismo: respeto al medio ambiente, ecología, nuevas tecnologías, simbiosis con la naturaleza.

¿Greenpunk en literatura?
Desde luego, el greenpunk no es un subgénero literario, como se dice a veces, porque las ideas que propone ya estaban ahí y lo siguen estando. En definitiva, hablamos de historias con “conciencia ecológica”. Algo que siempre hubo en todos los géneros.
Pongamos por caso una obra greenpunk dentro del steampunk. Aparte de que provocaría que al aficionado retrofuturista se le fundan los plomos intentando etiquetar algo así, no sería más que una obra steampunk con conciencia ecológica. Por eso, aunque el greenpunk pueda tener su vertiente retrofuturista (como lo tienen la ciencia ficción, la fantasía o el terror), tampoco es un retrofuturismo en sí mismo.
En definitiva, el greenpunk busca ser un movimiento que despierte conciencias, que nos haga darnos cuenta de que estamos entrando en un Antropoceno, una era en la que el hombre se ha convertido en el principal agente geológico; y que hay una forma mejor de hacer las cosas. Propone un mundo en el que la tecnología no agrede al medio ambiente y los recursos naturales se toman con justicia. O quizá vaya más allá, especulando con un mundo en el que el ser humano y la naturaleza trabajan en comunión o en simbiosis, como ya lo hacen muchas especies animales o vegetales desde antes de que llegásemos nosotros.
Invernáculo, Brian W. Aldiss
Pero eso es algo que la ficción especulativa lleva décadas haciendo. Y es por eso que no podemos decir que el greenpunk tenga sus obras representativas, porque hay multitud de títulos que encajan con su filosofía, con su espíritu, con su forma de pensar; sea en la fantasía, la romántica, la ciencia ficción hard o en cualquier otro género.
Puedo asegurar, por ejemplo, que lo más “greenpunk” que podemos echarnos a la cara es “Invernáculo”, de Brian W. Aldiss, escrito —si no me equivoco— en los años sesenta.
¿Tendríamos por ello que poner a partir de ahora a “Invernáculo”, “La chica mecánica” y “El nombre del mundo es bosque” en el mismo estante? ¿Hay que decirle a Aldiss, Bacigalupi y Le Guin que a partir de ahora son autores de greenpunk?

Pues a mí me gusta el greenpunk. ¿Tiene futuro?
Obviando si en la realidad veremos un mundo mejor en este sentido, nadie puede saber a estas alturas lo que pasará con el greenpunk. ¿Se popularizará su espíritu hasta convertirse en movimiento o subgénero aparte, como dicen algunos? ¿Ocupará el lugar del steampunk cuando nos cansemos de mirar al pasado, como dicen otros?
Algo que sí es evidente es que empieza a haber autores que se animan a abordar este espíritu, catalogando sus obras bajo la etiqueta de greenpunk, llevados por la creación de este nuevo término. El tiempo dirá hasta dónde llegaremos en esa diferenciación.
En cualquier caso, llámesele greenpunk, conciencia ecológica o pensamiento verde, siempre hubo obras relacionadas con esta temática que merece la pena seguir teniendo en cuenta. Es una forma de pensar que siempre ha estado ahí y que creo que deberíamos tener presente cada día más. 


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