jueves, 21 de febrero de 2013

Luces del Norte (La materia oscura #1), de Philip Pullman


Hacía tiempo que tenía ganas de comenzar a leer la serie de novelas de “La materia oscura” de Philip Pullman y, como últimamente estoy cada vez más inmerso en la vertiente más fantástica del Steampunk (la llamada Gaslmap), he decidido comenzar al fin con “Luces del Norte”.
Antes de nada, debo decir que haber visto escenas y partes sueltas de la adaptación cinematográfica (“La brújula dorada”) me ha hecho algo de daño a la hora de ponerme a leer. Es una película que no llegué a ver completa y que no me llama mucho la atención. El caso es que, al ir avanzado en el libro, no podía evitar ver los personajes influenciados por sus caracterizaciones; por lo que tuve que hacer un esfuerzo especial por separar a unos de otros.
Así, en principio me encontré con el mismo argumento prometedor. Se presenta a Lyra, una niña huérfana de unos diez u once años, que vive en Oxford. Allí, los niños están desapareciendo, siendo raptados por unos extraños y misteriosos personajes de los que apenas nada se sabe. En cuanto a Lyra, cae en sus manos un instrumento que le permite conocer la verdad y adivinar cosas que nadie sabe: un aletiómetro. Y con él en el bolsillo se lanza hacia el Polo Norte para salvar a los niños secuestrados.
En un principio, la trama avanza despacio y no se destaca por escenas que destaquen por su acción o por hacer avanzar especialmente la narración. Las piezas tardan un rato en ponerse en su sitio para que Lyra pueda lanzarse a la aventura. Y aun así, la magia, la ciencia y la acción tardaron en llegar más de lo que me hubiese gustado. Y los diálogos se me fueron haciendo, por veces, muy largos en esta primera parte. Además, el personaje principal, Lyra, no me fue de mucha ayuda para involucrarme en su aventura.
Sin embargo, una vez me vi inmerso en la trama, no me costó mucho seguir avanzando —aunque no terminé de empatizar con Lyra ni con la mayoría de personajes— hasta llegar al final. El problema que se plantea, finalmente encuentra solución, pero que el final este diseñado especialmente para preparar la segunda parte (“La daga”) le resta emoción.

Leída la primera parte puedo decir que me parece un ejercicio interesante y clásico de lo que ahora llamamos Gaslamp. Tiene una estética que atrapa, no especialmente centrado en ella, pero atrayente; y pone en escena un mundo que puede dar mucho de sí en las siguientes entregas.
En conjunto, a la narración le interesa más mostrarnos el desarrollo de Lyra como personaje y como persona a través de sus aventuras, que la resolución del problema en sí. Es, por tanto, un viaje clásico de iniciación, de esos que ayudan a un niño a conocer cómo es el mundo de verdad —más allá de las fronteras de su hogar— y marcado por las diferencias de visión y comportamiento entre adultos y niños.

En principio no me ha sido una lectura fácil, pero se me ha ido animando poco a poco. Y aunque no me lleva corriendo a por la segunda parte, sí la mantiene entre las muchas lecturas pendientes que tengo para un futuro.

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