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Cómo escribir terror


Últimamente, si por casualidad, no lo sé, he estado oyendo a varias personas, en conversaciones personales o a periodistas de medios de comunicación, preguntando cómo se escribe una historia de terror. ¿Qué hay que hacer para que funcione, cale y haga reaccionar al lector?
Por mi parte, aunque escritor, no soy un experto en lenguas y literaturas, y estoy todavía poco hecho en el género de terror, pero sí es verdad que me he sentido impulsado en más de una ocasión a escribirlo, con buenos o no malos resultados. Y, sea como sea, una cosa sí hay en común en todo lo que he escrito: todo ha surgido de mi propio terror.
No quiero decir que si escribo un relato sobre un asesino es porque yo haya sido perseguido por uno. Pero sí es verdad que el terror o el miedo son sentimientos o sensaciones, indescriptibles casi siempre, incontrolables muchas veces, que pueden surgir de la simple reflexión en un sonido, una canción, una imagen, una noticia, un suceso… Cualquier cosa que incluso a priori no debería producir ese sentimiento, puede acabar por desarrollarlo. Pónganse por ejemplo los excelentes relatos, a las que me confieso enganchadísimo, de David Jasso o de José Ignacio Becerril. Parten de planteamientos cotidianos y normales, y los transforman en un relato de terror, sin necesidad de acudir a lo paranormal, a lo sobrenatural, a lo desconocido. Acuden al terror, en mi opinión, más poderoso, haciéndote creer que más daño que un vampiro o un fantasma te lo puede hacer, cuando estés solo en casa, ese vecino extraño del que tan poco sabes y que ahora mismo está a una pared de distancia.

Entonces, ¿cómo se escribe el terror? Como toda historia que un escritor quiera plasmar en papel, yo creo, debe ser verosímil y coherente. Quizá la verosimilitud sea más difícil de hacer cuajar en la mente del lector si se trata del género fantástico en general, incluido el terror, pero con un poco de seso se puede lograr. Y es fundamental para que cuaje.
Y, además, un detalle que creo fundamental, es que el propio autor sienta miedo de lo que está escribiendo. Si el relato sirve como una especie de purga para deshacerse de sus propios miedos, mejor. Lo que me recuerda los relatos del tipo Edgar Allan Poe, en los que el protagonista escribe en primera persona relatando un suceso que le ha aterrado poderosamente, como si fuese un peso que necesitase sacarse de encima escribiéndolo. Y ahí, según mi manera de escribir, radica la clave para que un relato de terror funcione bien. El escritor debe contarse a sí mismo la historia sintiendo miedo de las ideas que está desarrollando. Si no le da miedo al escritor, ¿cómo sabe que el lector podría sentir lo mismo?
El escritor debe sentir, pasarlo mal, para asegurarse de que el lector se sentirá igual o de que, al menos, sentirá la mitad de miedo leyendo del que pasó él escribiendo. Y, desde luego, debería escribir algo verosímil y fácil de tragar y digerir para que el lector sienta además en sus propias carnes, para que se mezcle en el relato y se ponga en la piel de quien narra. Que haga sentir. Que haga pensar. Que haga pasar mal.

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