lunes, 15 de octubre de 2012

La muerte es un asunto solitario, de Ray Bradbury


Venice, California. Años 40. El cuerpo de un anciano aparece muerto en circunstancias extrañas: flotando en el agua, dentro de una jaula de leones.
Este es el punto de partida que toma Ray Bradbury para escribir toda una novela negra, desde su particular y siempre atrayente forma de narrar. Y, desde luego, teniendo en siempre en mente la idea de hacer un homenaje a la novela noir y al cine de la época. Porque esta obra tiene mucho de homenaje. De homenaje a los personajes, las atmósferas y las tramas de la noir. Y de homenaje al cine noir de los 40 y al mudo de los 20. De homenaje a la música: a Tosca, La Bohème, Carmen, Madame Butterfly, La Traviata… a Puccini, Verdi, Bizet, Mozart, Bach… Incluso de homenaje a sus propios trabajos, en ocasiones, ya que el protagonista es un autor de relatos de fantasía que publica cuando puede en revistas del género, que se encuentra atascado con su novela y que aprovechará los sucesos que investigan para salir del bloqueo en el que se encuentra como escritor.
Es un personaje que, por sí mismo, recuerda muchas veces al propio Bradbury en sus inicios y que menciona relatos concretos escritos por él mismo y que quien conozca su obra podrá reconocer.

En la máquina de escribir había una previsora hoja de papel. A un lado, en una caja de madera, estaba mi producción literaria, toda en una sola pila. Había ejemplares de Dime Detective, Detective Tales y Black Mask, que me habían pagado treinta o cuarenta dólares por historia. En el otro lado había otra caja de madera, esperando a que la llenara con hojas manuscritas. Contenía una sola hoja de un libro que se resistía a empezar.NOVELA SIN TÍTULO.Debajo, mi nombre. Y la fecha: 1 de julio, 1949.O sea, tres meses.Me estremecí; me desvestí, me sequé con una toalla, me puse una bata y volví a contemplar mi escritorio.Toqué la máquina de escribir y me pregunté si era una amiga perdida o un hombre o una molesta dueña de casa.Pocas semanas atrás, en cierto momento había emitido unos sonidos que recordaban a la Musa. Ahora, me sentaba a menudo ante la condenada máquina como si alguien me hubiese cortado las manos a la altura de las muñecas. Tres o cuatro veces al día me sentaba allí, torturado por impulsos literarios. No se me ocurría nada. U ocurría algo que terminaba en el suelo en ovillos de pelo que yo barría cada noche. Estaba atravesando ese vasto desierto conocido como Período de Sequía, Arizona.

La obra se desarrolla en todo momento tal y como suele pasar con las narraciones del maestro Bradbury. Siempre lleno de melancolía y de lírica, con impactantes y emotivas imágenes que nos van llevando, con toques de humor en ocasiones, a través de toda la investigación y de la historia de su protagonista hasta un sorprendente y magnífico final. Merece la pena quedarse durante toda la obra para llegar hasta ese desencadenante, que hace que se cierre el libro con la sensación de que ha merecido dedicarle a la novela las exigencias que pide. Porque es una narración que hay que hacer con calma, sin prisas, parándose en las imágenes que Ray nos pone delante, en las reflexiones que hace y en las ideas que transmite.
Aunque a veces puede que resulte difícil seguirle el hilo a través de las metáforas que, por otro lado, magistralmente, va dejando en casi cada página, merece la pena tomarse el tiempo que le haga falta para poder disfrutarla como es debido.
Así, aunque esta vez algo apartado de lo que estoy acostumbrado a leerle, una vez más puedo decir que el maestro Bradbury no decepciona.

(…) mis dedos empezaron a escribir, cubriendo de X la NOVELA SIN TÍTULO hasta que desapareció.Luego bajé una línea y vi cómo estas palabras empezaban a aparecer bruscamente en la página:LA MUERTE y luego ES UN y luego ASUNTO y, al fin, SOLTARIO.El título me dejó haciendo muecas, tomé aliento, y escribí sin interrupción durante una hora, hasta que el tren de tormenta y relámpagos se alejó bajo la lluvia y la jaula de leones se llenó de negra agua de mar que desbordó y liberó al muerto…Bajando por los brazos, a lo largo de mis manos y de las frías yemas de los dedos a la página.La oscuridad llegó como una inundación.Reí, contento de que hubiera llegado.

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