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Camina hacia el horizonte

No sé por qué nunca lo publiqué aquí, pero más vale tarde... Este es un relato que había escrito hace tiempo, una tarde que tenía ganas de reírme yo solo escribiendo. El original era bastante más extenso, pero esta versión  sirvió para ser finalista de un concurso menor, el III Premio de Relato Humorístico “Ocurrencias Varias” organizado por un tal Erty en su blog Ocurrencias Varias:

CAMINA HACIA EL HORIZONTE

—¡Yo sólo quiero saber por dónde debo ir a comprar una unidad PRL, maldita sea!

—Señor, computo que ya se lo dije.

—¿Qué me has llamado?

—Eso no computa…

—Maldita sea, dime de una vez por dónde debo ir…

—¿Destino?

—¡A comprar una unidad PRL, asqueroso montón de silicio!

—Ya le he dicho que tiene dos opciones: la escalera o el ascensor.

El hombrecillo, a punto de estallar en llamas a través de sus ojos inyectados en sangre, trató de mantener la calma. Llevaba unos minutos discutiendo con el recepcionista y no sabía ya qué hacer para que le entendiera, pero alterarse no le serviría de nada. Como empleado de la empresa sabía cómo eran los robots. Siempre era necesaria una pequeña toma de contacto con el mundo real antes de sacarlos al mercado y a estos nuevos robots, destinados al protocolo, les resultaba especialmente difícil.

Pero Paul trabajaba en el Departamento de Mantenimiento, y no estaba para nada entrenado en el trato con robots en fase beta.

Decidió que lo mejor era respirar hondo y volver a intentarlo.

—Oye, robot. Te lo preguntaré una única vez más —se acercó ligeramente al recepcionista, hablándole despacio y con calma—. Mi nombre es Parker, Paul Parker.

—Hola, Paul. ¿Qué tal?

—¡Bien, estúpido! ¡Estoy bien! —gritó el hombre, desesperado—. ¡Ya te lo dije cuando llegué y me presenté, hace cinco minutos! ¡Eres desesperante! ¡No haces más que repetirme siempre lo mismo!

—Pero, señor. Es usted el que siempre me pregunta lo mismo.

—Y tú eres el que siempre responde mal —resopló de nuevo, tratando de liberar la tensión que, inevitablemente, seguía acumulando—. Muy bien, lo intentaré otra vez —murmuró—. ¿Dónde puedo comprar una unidad PRL?

—En la sección de ventas.

—Eso es evidente. Pero, ¿dónde está la sección de ventas?

—En este edificio.

—¿Planta?

—Segunda.

—¡Perfecto! ¡Al fin nos entendemos, imbécil!

—Utilice la voz de interiores, por favor. Ha sido un placer. Gracias.

—Un placer… será idiota —respondió alejándose.

—Señor, disculpe señor.

El robot estaba ahora de pie, llamando de nuevo su atención. El hombre se giró bruscamente.

—¿¡Qué pasa!? ¿¡Qué!?

—La segunda planta está sobre la primera. Tiene dos opciones: la escalera o el ascensor.

—¡Maldita sea! ¡Déjame en paz, payaso!

*****



Tumbado en el sofá, sólo soltaba la lata de cerveza para coger el mando a distancia, y viceversa. Ella estaba exhausta. Apenas se aguantaba en pie. Le había costado mucho preparar la comida que él había volado en unos minutos, y ahora fregaba los platos que ella misma había tenido que recoger de la mesa.

El timbre sonó dos veces.

—¡Cariño! Llaman…

—Abre…

—Es que van a tirar un penalti…

Como siempre, fue ella quien abrió la puerta. Un gran camión de la empresa bloqueaba la acera, y un empleado le tendía unos documentos mientras otros dos descargaban una enorme caja frente a la casa.

—Buenas tardes. La señora Parker, supongo.

—Sí —respondió ella, secándose las manos.

—Le traemos la unidad PRL por cortesía de la empresa. Necesito que firme aquí y aquí.

—Un momento -se giró hacia la sala de estar—. Cariño, tienes que venir a firmar. Ya llegó el… el… el chisme.

En escasos minutos, el robot ya estaba fuera de la caja, esperando a ser encendido. El camión ya se había ido.

—¿No podías decirles que no nos interesa uno de estos, Paul? Me da repelús.

—Ya te lo dije, cariño, no puedo. Es el nuevo programa de la empresa. Si los modelos beta hacen sus “prácticas” en hogares de empleados, todos salimos ganando.

—Bueno y, ¿cómo se enciende?

—Aquí, mira —y pulsó un botón en la espalda del robot.

—¿Y para qué es esa enorme mochila?

—La batería.

El robot se encendió en pocos segundos y se tambaleó un poco. Rápidamente, se ajustó al terreno que pisaba y escaneó el entorno. No tardó en identificar a los dos humanos que detectó.

—Hola, Paul y Martha. Os conozco.

—Vaya, hola —respondió Paul. Después se dirigió a Martha—. Ya tiene nuestros datos para que no tengamos que presentarnos. Martha, Martha. Te has puesto pálida, ¿te encuentras bien?

—Sí, estoy bien. Me ha debido sentar mal la comida.

—Seguro que ha comido muy poco, señora —intervino el robot.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó ella extrañada.

—Está muy delgada y él en extremo grueso y con migas y restos de comida por toda la ropa. Seguro que no dejó nada para usted.

—Pero, ¿qué dices, animal?

—Déjalo, Paul. Parece simpático.

—Bueno, es igual. Tú descansa. El robot hará lo que le ordenes. Pídele lo que sea.

—Está bien. Robot, friega y seca los platos.

—¿Qué platos?

—Los de la comida.

—¿Qué comida?

—Es un poco corto, ¿no, Paul?

—La unidad PRL no es corta, es de las más altas. Mido 1,78 metros de alto.

—No digo que seas bajito, lamelibranquio. Digo que eres idiota. ¿Entiendes, idiota?

—Sí, idiota.

—¡Idiota tú, merluzo! No yo.

—Por supuesto. Quiero decir que sí lo entiendo, no que usted sea idiota. Usted a lo que se parece es a un lambrucio.

—¡Pero serás… pedazo de…!

—La tensión, Paul, la tensión. Deja tranquilo al muñequito.

—Pero si es un pedazo de…

—¿Pedazo? A lo mejor aún quiere pan —pensó el robot—. ¿Mendrugo? —le preguntó.

—¡Mendrugo tu padre!

—¿Padre? No tengo…

—Está bien, volveré a probar —Martha decidió cambiar de tema para evitar que terminasen por fundirse los plomos de cualquiera de los dos—. Ve a la cocina y friega y seca todos los platos que veas dentro del fregadero.

—¿Qué cocina?

—La nuestra.

—¡Tenemos cocina!

—Es nuestra, no tuya. Y está al fondo, a la derecha —dijo señalando al pasillo.

—Orden contradictoria.

—¿Qué? Ah, sí. Para entrar en la cocina, primero camina hacia el fondo del pasillo y después gira hacia la derecha.

Entonces el robot comenzó a avanzar. Cuando llegó al final del corredor se pegó lo más que pudo a la pared y después se giró para entrar en la cocina.

—Vaya, es muy tonto. Si no aprende tan rápido como dicen, lo devolvemos. Quizá esté defectuoso.

*****



—¿Cómo que ya has acabado? ¿Y por qué no fregaste los cubiertos y los vasos?

—La orden incluía sólo platos.

—Está bien… Eh, espera. Te falta uno.

—No estaba dentro del fregadero.

—Sí que lo estaba. Yo los dejé todos dentro.

—Ese plato se introducía en el fregadero un 34,456% de su volumen. En un 65,544% estaba fuera.

—Muy bien, licenciado, déjame pensar —le gritó Marta—. Ya está —cogió el plato y lo metió totalmente dentro—. Robot, friega y seca todos los útiles de cocina que haya dentro del fregadero.

De repente, un timbre cortó la conversación.

—La puerta. Ve a mirar quién llama.

Mientras tanto, ellos se quedaron en la cocina discutiendo sobre el modo de tratar al robot. Pasaron unos minutos y el robot regresó.

—¿Quién era?

—¿Quién era quién?

—¿Quién llamó a la puerta?

—No lo sé, no vi a nadie llamando.

—Pero, ¿viste a alguien?

—Sí, vi a una mujer.

—Entonces, fue la mujer quien llamó.

—No puedo asegurarlo. No la vi llamando. Sólo estaba parada frente a la puerta.

—¿Y no le abriste? —intervino Martha.

—No, señora.

—¿Por qué?

—Porque nadie me lo ordenó, señora.

—Pero, ¿qué es lo que te pasa? ¿¡Acaso eres idiota!?

—No, señora -respondió el robot tratando de razonar—. El análisis de mi cerebro da señales positivas. Si estuviese rindiendo por debajo de su capacidad, se lo habría hecho saber para su diagnosis y posterior corrección —el robot hizo una pausa ante las bocas abiertas del cada vez más alucinado matrimonio—. Sin embargo, le sugeriría que llevase a su marido al médico, señora.

“Al analizarlos a ustedes he percibido que su marido está utilizando su cerebro muy por debajo de las posibilidades normales de un humano medio. Creo que puede ser algo grave.

Ella no dejaba de carcajearse, ocupada en tratar de evitar romperse por la mitad. El robot se mantenía impasible, como si no hubiera hecho nada. Él, airado, se acercó despacio al robot y le dio su última orden.

—Escucha -le dijo murmurando despacio—, te voy a dar una orden muy importante; de una prioridad alfa. Sal fuera de la casa y camina hacia el campo cercano. Cuando estés pisando la hierba, camina hacia el horizonte.

“No permitas que nada ni nadie te desvíen. Es vital. Camina hacia el horizonte”.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Un concurso menor por ahora...dame cinco años e igualaré las condiciones del Planeta!! ;P

¡Un saludo! Erty
Yosu Rc! ha dicho que…
Desde luego... yo, por mi parte, te seguiré apoyando para conseguirlo

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