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Teddy

En tres entregas a lo largo de esta semana, os presento Teddy, un relato escrito hace poco más de un mes en recuerdo del RMS Titanc.




TEDDY

Me llamo Teddy… solo Teddy. No tengo apellido porque soy un osito de peluche. O al menos en su día lo fui porque, tras pasar 100 años en el fondo del mar, no sé exactamente lo que soy ahora. Pero, ahora que acabo de ser rescatado, te voy a contar el principio del fin de mi historia…


10 de Abril de 1912
Southampton, Inglaterra

Cogido de la mano de Bobby, mi dueño, no podía ver exactamente qué estábamos haciendo entre tanta gente. Él se ponía de puntillas o daba pequeños saltitos procurando ver mejor a través de la multitud, ya que con solo 8 años no levanta mucho del suelo. Y yo, cogido de su mano, como no veía más allá de los zapatos de la gente que nos rodeaba, me entretenía en adivinar cosas sobre cada par que veía: estos de rico, aquellos de pobre; estos de sirvienta, aquellos de señora; aquellos nacionales, estos importados… Bueno, antes de continuar deberías saber que tengo la capacidad de moverme por mí mismo, pero solo puedo hacerlo muy despacio y en situaciones muy excepcionales; así que siendo el peluche favorito de un inglés, aunque tenía oportunidad de salir mucho a la calle y podía aprender mucho de todo lo que me rodeaba, lo que más veía casi siempre eran zapatos.
Pero aquel día hubo algo que me permitió ver por encima de cualquier otro osito del lugar. Bobby debió de ver que algún padre, un pobre quizá, aupaba a su hijo sobre todas las cabezas y lo ponía sobre sus hombros para que viese mejor —y es que “un enano a hombros de un gigante es el más alto de los dos”—, por lo que le pidió a Papá que hiciese lo mismo con él, pero éste no quiso. Se negó con una de esas explicaciones que bajo su enorme mostacho siempre lanzaba: ser educado, guardar las formas, no llamar la atención indebidamente y mostrarse siempre digno de su posición.
Pero en ese momento, Bobby me cogió con ambas manos mirándome de frente para a continuación hacer algo que no me esperaba y que, al tiempo, me llenó de emoción. Me levantó sobre su cabeza y me aupó sobre sus hombros, como aquel padre había hecho con su hijo.
—Míralo, Teddy —me decía, risueño—. ¿Verdad que es enorme?
¡Y qué razón tenía! Nosotros éramos pequeños, sí, pero nadie de los que allí estábamos podría decir que había visto cosa igual. Era tan grande y majestuoso como titánico y hermoso. Más largo que dos campos de fútbol, y más alto incluso que la más grande de nuestras casas, con una eslora y una manga nunca vistas. Y nosotros íbamos a ir en él…

Mientras esperábamos para embarcar, Papá y Mamá hacían trámites de esos que nunca pude entender (aunque me hubiese gustado haber podido aprender más sobre el tema). Me preguntaba sobre todo qué requisitos se exigirían para entrar en aquel barco. Pero Bobby nunca estaba presente cuando se hacían ese tipo de cosas. Bien porque no le interesaban, bien porque no le dejaban. Así que procuré aprender todo lo que pude, mientras esperábamos, escuchando las charlas que la gente mantenía a nuestro alrededor.
Lo primero que aprendí fue su nombre y la naviera que lo había hecho, ya que todo el mundo lo repetía sin parar: se llamaba Titanic, y era de la White Star. Al parecer, White Star era incapaz de competir en velocidad con Cunard Line en las rutas del Atlántico Norte, por lo que su estrategia de negocio se estaba centrando en construir buques más grandes y lujosos. Así, aunque no llegaban a América tan rápido como Cunard Line, acaparaban a toda la gente de la clase de Papá y Mamá: ricos y famosos.
Y al mismo tiempo, según dijo un irlandés que iba a embarcar, White Star amasaba millones cobrando billetes más baratos a emigrantes deseosos de ir a trabajar a América. Y añadió orgulloso antes de marchar que el Titanic, sin duda el barco más grande y lujoso del mundo, eran el orgullo de los astilleros de Belfast; junto con sus dos hermanos, el Olympic y el Britannic.
El resto del tiempo la gente no hizo más que añadir datos superfluos, cantando las alabanzas del titánico barco; alabando lo grande, lo moderno y lo lujoso. Yo creí que exageraban un poco. Sí, me parecía enorme, pero como Papá manejaba también negocios en los astilleros, yo había ido con él y con Bobby muchas veces a ver barcos; y sabía mucho del tema. Así que necesitaba verlo en acción para creerme todo lo que se decía de él.
Pero una vez a bordo, no me hicieron falta más que unos minutos para percatarme de mi error. Además, yendo con Bobby podía ver en todas direcciones. Caminando por ahí es muy curioso y se mueve mucho, por lo que no me perdí nada de lo que me rodeaba y pude hacerme una imagen mental de todo el conjunto. Estaba tan emocionado que no paraba de absorber datos de aquí y de allá; y casi doy un salto en el aire cuando, ya en el camarote, la madre de Bobby le dio permiso para llevarme a cenar con ellos la noche del domingo. ¡Iban a cenar en la mesa del capitán! ¡Y yo estaría allí!

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