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Teddy III


15 de Abril de 1912
Cerca de las costas de Terranova

Curiosamente, no tuve que hacer mucho esfuerzo una vez me encontré en el pasillo exterior. Lo que más me aterraba eran las cosas con las que me iba chocando por el camino. Algunas me empujaban con tal fuerza que casi me llevan a empaparme por completo y hundirme para siempre en el interior del buque, pero la suerte y la corriente del agua me ayudaron a subir a la cubierta principal cuando casi rozaba el techo con la cara. De hecho, casi en el exterior y sintiendo ya la brisa de la noche en el cuerpo, un fuerte golpe de la marea me lanzó tan violentamente contra la puerta de salida que uno de mis ojos se me quedó atrapado en el borde del mamparo. Durante un segundo, no supe qué hacer. Pretendía retroceder para liberarme y aprovechar el poco hueco que el mar dejaba libre entre su superficie y el mamparo, pero no tuve tiempo ni a intentarlo.
Un buró que aboyaba tras de mí me propinó en la cabeza un golpe tan fuerte que me saltó el ojo de cuajo. Sentí que perdía un poco de algodón de la cuenca pero por suerte el ojo se me quedó posado sobre el cuerpo, colgando de un hilo. Así, a pesar de ir yo tumbado sobre el agua boca arriba, mi ojo izquierdo me daba ahora una nueva perspectiva. Y lo primero que vi frente a mí me sobrecogió de un modo que todavía no he logrado olvidar. Tenía unas proporciones formidables, tan alto como una casa de dos pisos, tan regio y al tiempo tan terrorífico…
Parecía estar allí defendiendo sus dominios, inmutable, mientras veía hundirse frente a él a quien había osado acercársele. El titán que ahora sangraba y lloraba por los cuatro costados, hundiéndose en su propia vanidad y aprendiendo por las malas la peor lección de su corta vida.

No me fue fácil alejarme del Titanic todo lo que pude y salir a mar abierto. No había muchos lugares en los que apoyarse para coger impulso y, cuanto más me alejaba, menos encontraba. Pero al fin logré, ayudado además por la creciente brisa nocturna, acercarme a los botes salvavidas.
La escena era espantosa. Solo entonces pude entender a plenitud que los gritos de terror y murmullos agonizantes me habían abandonado horas antes solamente para venir a perderse aquí. Miles de personas, por todas partes, afanándose por sobrevivir, alejándose del monstruo que los había tragado en Europa y que ahora los vomitaba en alta mar; tratando de acercarse a los pocos botes que ya estaban a rebosar de mujeres y niños tiritando de frío.
En aquel momento no me pregunté cómo era posible que hubiese tan pocos botes. Perdóname, por favor, si te digo que, muy al contrario, en aquel momento me alegré. Sí, me alegré porque me ayudó a dar antes con Bobby. ¡Allí estaba! ¡Allí, envuelto en una manta con Mamá! Todos en su bote estaban apiñados para mantener el calor. No vi a Papá con ellos pero, ¡allí estaba él! ¡Y no lejos de mí! La brisa seguía aumentando y me seguía ayudando. Todavía podría lograrlo…

Durante unos segundos me paré al perderle de vista. No sabía dónde estaba. Y de repente vi algo que me heló más que la propia noche: la gente del bote había envuelto un cuerpo para echarlo por la borda. Alguien había muerto de frío, sin duda; pero, ¿por qué no podía ver a Bobby? ¿Dónde estaba?
Una vez el cuerpo se hubo sumergido en las gélidas aguas, ¡volví a ver a Bobby! Me percaté entonces de que Mamá lo había ocultado bajos las mantas para que no viera el entierro improvisado que habían tenido que hacer en el bote. Me maldije entonces por haber quedado parado perdiendo tanto tiempo y, con toda la fuerza que me quedaba, seguí avanzando.
Sin embargo, al adentrarme en la zona que ocupaban los botes y las personas que flotaban a su alrededor, algo me impidió llegar hasta él. La tripulación de los botes, como huyendo de mí, comenzó a remar para alejarse de mí lo más rápido que pudo. Como compitiendo con ellos, me moví lo más rápido que pude, empapándome todo el cuerpo en mi desesperación. Sobresaltado, me paré en seco al sentir mojado mi ojo izquierdo, el que usaba para ver a Bobby. Si lo perdía, estaba perdido… Pero entonces, como si hubiese necesitado lavarlo para ver claramente lo que sucedía, me percaté de que la gente miraba asustada sobre mí, al monstruo que había a mis espaldas. Solo entonces fui consciente de que el titán al que tanto había admirado se perdería para siempre. El Titanic se estaba yendo a pique y la gente que había acudido a su fiesta de inauguración renegaba ahora de él y de su traición. Temían incluso que este siguiese actuando con la arrogancia que en vida demostraba provocando una succión que nos llevase a todos con él a su tumba submarina.
Pero, por suerte, esto no sucedió. Todos los supervivientes relatan con todo detalle este proceso, como grabado en sus retinas para siempre; pero aquella noche, aquel 15 de abril, yo vi el hundimiento del Titanic a través de los ojos de un niño, a través de los ojos de la única persona que me había importado en el mundo: en la retina de Bobby.
El tiempo pareció detenerse a las 2:20 de la madrugada. El mar se mantenía en calma, la gente guardaba silencio, los remos quedaron en alto. A través de las olas y la ligera marea que se produjo, el mar procuró advertirme de que el Titanic había muerto y de su intención de tragárselo para siempre. Pocos segundos después, lo oí gemir. Lo oí, bajo mi cuerpo, destrozado, partiéndose en pedazos, gimiendo mientras se hundía, como pidiendo perdón por su arrogancia; perdiéndose para siempre, aceptando su horrible final.
La marea entonces se revolvió a mi alrededor, haciéndome perder el rumbo que llevaba, alejándome de Bobby. No sabía ya dónde se hallaba, no sabía siquiera dónde estaba yo. Tenía que orientarme, tenía que volver a encontrar la ruta… Traté de guiarme por el oído, pero no oí nada. Traté de guiarme por mi ojo izquierdo, pero había tantas cosas flotando en el mar y tan horribles… que apenas alcanzaba a ver nada. Solo tras varios minutos de ansiedad y desesperación, me percaté de que mi ojo derecho podía ver todo el firmamento. Y, una vez más, me alegré de que Bobby compartiese conmigo todo lo que aprendía. Miré las estrellas, busqué mi posición y, al fin, descubrí hacia dónde dirigirme. Bobby se había alejado hacia el Este, como tratando de regresar en dirección a Europa; y hacia allí me giré yo, despacio, despacio…

En cuanto localicé los botes, mi impulso inicial fue el de continuar avanzando, pero algo me sorprendió y me entusiasmó al tiempo. ¡Un buque! ¡Un buque había acudido en rescate del Titanic! Localicé entonces a Bobby, junto a su madre, sonriendo al fin; y me percaté de lo muy contento que estaba, de lo que aquella noche había supuesto para él y de que, aun sin mí, había logrado comportarse como un hombre y sobrevivir al desastre.
Entonces, solo entonces, dejé de avanzar. Simplemente, me paré, empapado y cada vez más hinchado, para observar el rescate de Bobby. Comprendí entonces que ya no me iba a necesitar más. Y yo solo necesitaba ya verle embarcar. Verle marchar.

Aquel buque era el Carpathia. Se hallaba a 93 kilómetros de distancia cuando recibió el SOS del Titanic e inmediatamente dio la vuelta, dejando su rumbo a Gibraltar, para acudir a toda máquina al rescate. Llegó a vosotros a las 4:30 de la madrugada, y completó las labores de rescate a las 8:30.

Entonces yo permanecí a flote hasta las 8:30, aunque sufriendo y hundiéndome entre los hielos. Sin embargo, no me dejé llevar por el mar hasta que comprobé que Bobby se marchaba por el horizonte en dirección al Nuevo Mundo, a salvo, a bordo del… ¿cómo dijo que se llamaba?

Carpathia.



Carpathia. Sí. La última vez que lo vi pasó a mi lado revolviendo las aguas a su paso y empapándome más, si cabía, de lo que ya lo estaba.

Ninguna mano se me tendió.
Bobby no me buscó.
Y Papá no iba a bordo esta vez para rescatarme y tumbarme al sol.
Lo último que recuerdo antes de mi rescate fue que, con un ojo dirigido por azar hacia el más hermoso amanecer que hube visto jamás y con el otro en las estrellas que todavía luchaban por mantener la noche en el cielo, sintiendo que había realizado con éxito mi misión, recibí al fin el abrazo del mar.

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