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Teddy II

13:45


14 de Abril de 1912
En aguas del Atlántico Norte


La llegada a Nueva York estaba prevista para el 17, y yo apenas había tenido oportunidades de salir del camarote. Además, solo me dejaban salir fuera del baúl unos minutos al día, el poco tiempo que Bobby me sacaba antes de irse a dormir. Aunque no se lo reprocho, sabiendo lo emocionante que era recorrer un buque tan grande.
Pero al fin había llegado la noche del domingo, la noche en la que pude recorrer las zonas más lujosas del Titanic. Y, literalmente, la noche en la que compartí mesa con el capitán Smith, pues Bobby me puso junto a su plato sin que a nadie pareciese importarle, lo cual supuso todo un lujo tras cinco días de travesía literalmente encerrado. Así, mientras la gente comía, yo podía estar atento a todo lo que el capitán, sentado frente a mí, tenía que contar.
Además, con la oscuridad del exterior, podía ver reflejado en los cristales de la sala todo lo que quedaba a mis espaldas. Podía ver tranquilamente otras mesas, la orquesta y la pista de baile sin necesidad de esperar a que me moviesen o arriesgarme a ser descubierto girándome con curiosidad.
Durante la cena, un oficial se acercó al capitán para susurrarle algo al oído. Ninguno de los presentes lo oyó, pero yo supe leer el mensaje de sus labios. Se le advertía de que, por radio, el capitán del Californian —que debía de ser otro barco que andaba por la zona— decía haber visto icebergs en nuestro rumbo. Pero el capitán dijo no creer que apareciese ninguno en el rumbo y dio la orden de seguir adelante a toda velocidad. El oficial insistió, pero el capitán mantuvo su orden.
Papá preguntó si todo iba bien, y el capitán respondió con un seco “sí” y una sonrisa tranquilizadora, apelando a su experiencia. Al parecer, conocía bien los peligros de una travesía transoceánica por el Atlántico Norte, ya que había hecho la misma ruta cientos de veces a bordo del Olympic, el hermano mayor del Titanic.

Tras la cena, apenas comenzado el baile, Mamá nos llevó al camarote para meter a Bobby en cama y a mí en el baúl.
No sé qué hora sería, pero apenas llevábamos más de una hora o dos solos en el camarote cuando una violenta sacudida nos despertó a ambos. En un principio, pensé que el golpe había sido dado a mi baúl, y me imaginé a Mamá golpeándose un pie por caminar en la oscuridad. Pero las cosas que oí en el camarote, a pesar de no poder ver nada de lo que sucedía fuera del baúl cerrado, me alertaron de que otra cosa, algo grave, había pasado.
Al principio, Bobby llamando. Primero a Mamá, después a Papá; sin respuesta. Hasta que la puerta se abrió con fuerza.
—Vámonos, Bobby —decía Papá—. Tenemos que subir a cubierta.
—¿Qué ha…?
—Vamos, Bobby —añadía Mamá, alterada—. Coge el abrigo, rápido.
Ni siquiera le vistieron para salir. Según deduzco, solo tuvieron tiempo de ponerle un abrigo sobre los hombros y salir corriendo. Y tan rápido actuaron Papá y Mamá que Bobby ni siquiera se acordó de recogerme antes de salir. Si no, estoy seguro de que me hubiese llevado con él. Me atreví a moverme entre las cosas que había guardadas en el baúl para acercarme más a la entrada. No me quedaba otra opción que esperar a que volviese a buscarme. Pero no volví a oír su voz.

Calculo que pasé una media hora más dentro del baúl, atento a cada movimiento, a cada golpe, a cada sonido. Pero no oía más que gritos y carreras. Sin duda, el Titanic estaba sufriendo algún tipo de contratiempo: posiblemente un fallo en las máquinas, algún tipo de error humano, un asalto quizá, ¿o puede que un naufragio? Ojalá no fuese eso, ojalá solo fuese una falsa alarma… Traté de pensar en otra cosa, traté de centrarme lo más que pude en lo que oía, pero no era capaz de imaginar más que tragedias.
Con el paso del tiempo el murmullo de gente cesó y me di cuenta de que me había quedado solo en el camarote y de que nadie volvería ya a buscarme. Lo único que podía hacer era quedarme allí, parado y de pie, asomado a la cerradura del baúl, sin poder ver nada a través de la oscuridad; hasta que la puerta del camarote se volvió a abrir violentamente.
Por un segundo, creí que era Bobby que volvía a por mí, pero pronto descubrí que no era así. Oí ruido de pasos apresurados chapoteando a través de agua. Eran unos gastados mocasines de caballero, los zapatos de una persona de no muy alta posición social; quizá de un emigrante de tercera. Y, por el sonido, el agua no debía de cubrirle más allá de los tobillos. Sin duda, deduje, había entrado a robar aprovechando que la gente había huido de sus camarotes. Quizá, pensé, fuese el irlandés que tan orgulloso estaba del Titanic y de sus astilleros de Belfast, creyendo que no corría peligro por estar en un buque insumergible.
De repente, después de hurgar entre las pertenencias de Mamá, la tapa del baúl se abrió. La luz me invadió, y no pude evitar caerme hacia atrás. El irlandés me cogió con una de sus manazas, apretándome el cuerpo, mientras sostenía la tapa del baúl con la otra. Me miró, me giró y me miró la espalda, como si estuviese evaluando mi valor… Después se centró en el interior del baúl y, dejándome caer al agua, removió entre las cosas que había dentro. Hizo un gesto de desagrado, dejando caer la tapa de nuevo y, con una bolsa y los bolsillos llenos de cosas, se marchó corriendo. En cuanto a mí, allí me quedé, tirado en el suelo.

Poco tiempo pasó hasta que el agua comenzó a levantarme del suelo y a moverme de acá para allá. Solo una vez antes había tocado el agua: una vez que me caí en el río jugando con Bobby. Pero no pasó mucho tiempo hasta que Papá me sacó y me tumbó al sol para secarme. El peor recuerdo que guardo de aquel momento es lo desagradable que resultaba la sensación de hinchazón durante el tiempo que estuve empapado.
Pero ahora debía olvidar aquello, y el frío glacial que me rodeaba, y procurar aprovechar los pasillos del buque para alcanzar la salida. Me encontraba ya casi a media altura, por lo que no me quedaba ya mucho tiempo, pero sabía por dónde debía moverme así que, sin pensarlo más, me puse en marcha para ir a buscar a Bobby.

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