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De novelas juveniles y vergüenza ajena

14:56


Hace unos días leí un curioso artículo de opinión escrito en la edición digital del NY Times por uno de sus columnistas. Me llamó la atención porque se titula “Adult Should Read Adult Books” (es decir, que los adultos deben leer libros para adultos).
Me puse a leerlo creyendo entender por dónde iban a ir los tiros y he de decir que di en el clavo, pero con gran sorpresa por los argumentos que se daban en favor de la idea que transmitía el artículo.
La idea básica era que los adultos deben leer libros para adultos dejando de lado los libros juveniles ya que éstos no aportan nada digno ni debemos perder el tiempo con ellos ahora que somos mayores y no estamos en el sector de edad para el que han sido escritos. Y, si nos gusta leerlos, es porque no tenemos cultura para los libros “que de verdad importan”, con los que “de verdad se aprende” y porque nos hemos quedado mentalmente en el sector de edad de los libros juveniles.
Dejemos, decía más o menos el artículo, los amoríos y las aventurillas de los libros juveniles para las quinceañeras; ya que han sido escritas para ellas.
Y ponía como ejemplo la serie de libros que parece estar gustando mucho últimamente, Los Juegos del Hambre, añadiendo el autor que sentía vergüenza ajena cada vez que veía a un adulto leyendo un ejemplar de esta serie escrita por Suzanne Collins.

Pero, ¿de verdad es esto así? ¿De verdad los libros juveniles deben estar vedados a los adultos? Bueno, el autor decía además que, por ejemplo, a muchos adultos nos gustan los trabajos de Pixar (películas y cortometrajes), pero que eso es diferente porque son entretenidos. Entonces, ¿es que los libros juveniles no deberían resultar entretenidos para una mente adulta sana?
Bien, cuando no hemos tenido en nuestras manos un libro juvenil más que para regalar a un sobrinito rezando para que se enganche a la lectura y no la estigmatice por lo que le hace sufrir en el insti, ese puede ser el pensamiento.
Pero, ¿qué pasa cuando antes de entregárselo te paras a leerlo tratar de adivinar si le va a gustar? ¿Qué sucede entonces?
Pues, quizá, lo mismo que me pasó a mí cuando leí TempusFugit, de Javier Ruescas. Menciono este libro porque en mi caso fue el primer libro juvenil que leí siendo adulto; podría haber sido otro. Antes de ponerme, no tenía muchas ganas de leerlo más allá de ver cómo era la cosa. Y lo que sabía de Ruescas —que era un chaval que había escrito una serie de libros de fantasía juvenil (Cuentos de Bereth) y que es un enorme fan de Crepúsculo—, sinceramente, tampoco ayudaba.
Pero me topé con un libro interesante y entretenido. Un libro que, además de entretenido, tiene un mensaje, que tiene un contenido actual y que no tiene nada que envidiar a la lectura adulta. ¿Protagonizado por adolescentes? Sí, pero no para echarse a vomitar. ¿Igual que Crepúsculo? Falso. Pasemos página y olvidemos ese estigma. ¿Para niños? Digamos mejor que también vale para ellos.
Obviamente, hay literatura adulta que excluye a sectores jóvenes de edad. Si le quiero leer un cuento a un niño antes de dormir no elegiría, por ejemplo, Guerra Mundial Z o Apocalipsis Z ni me pondría a leer The Walkind Dead como si de un cuento ilustrado se tratase.
Y si quiero regalarle un libro para pasar el rato en agosto a un quinceañero, no le regalaré Guerra y Paz o Crimen y Castigo; porque al verlos no les va a entrar ni al leerlos le van a interesar. Son un sector que necesita literatura que le guste y que le enganche.
Pero a un adulto abierto a cualquier lectura, si le quiero recomendar una distopía entretenida, interesante y con contenido, ¿por qué no Tempus Fugit? ¿Por qué no Los Juegos del Hambre?
Y lo mismo puedo decir de otras que me he tragado y me han gustado, como Las alas de Leonardo, El gabinete de curiosidad, un montón de Jordi Sierra i Fabra o… sí, también El Hobbit, La Historia Interminable o El Señor de los Anillos.
Y si el problema es que están protagonizados por niños o adolescentes, o porque en ellos hay algún romance entre adolescentes, pues mejor haríamos en repasarlos porque no siempre tiene que ser así. Y aunque así sea, quizá no sea un trago tan duro de pasar como te parece, una vez que decidas asomarte a sus páginas sin prejuicios previos. No, amigos, no. No todos los libros para adolescentes son historias pastelonas y empalagosas de color rosa. ¿Las hay? Sí, como también hay auténticos truños en novela adulta que resultan ser bestselling.
Si te gusta la ciencia ficción, por ejemplo, hasta puede que hayas leído novelas de Isaac Asimov o de Robert Heinlein escritas originalmente para niños o adolescentes y vendidas hoy como novela para adultos. En ese caso, si te han gustado, has picado.

Y si todavía sigues pensando lo mismo, déjame pensar por ejemplo en las novelas de Jules Verne o algunas de H.G. Wells, normalmente etiquetadas como novelas juveniles. Y pensemos en lo que sería quedarse sin leerlas por llevar esa etiqueta.
Leamos las sinopsis de El rayo verde y de Los hijos del capitán Grant: la primera, con una chica en busca de aventuras enamorada de un apuesto muchacho pero a la que sus tíos quieren casar con otro rapaz; la segunda, protagonizada por dos adolescentes (sí, sí, adolescentes) en busca de su padre perdido. Uff, romance de niñas en la primera, mucho crío en la segunda. Mejor no. Pues, entonces, ¡¡¡lo que te has perdido!!!
Las etiquetas son en teoría una orientación, aunque no siempre estemos de acuerdo, para saber a qué genero o tipo de lector se dirige una obra. Pero mejor sería dejarse de prejuicios y de vergüenza ajena y juzgar a cada libro por su contenido individual y llamarlos así, obras, o limitarnos a entender que toda obra de ficción escrita se llama de un mismo modo: literatura.

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