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Relato ganador del Concurso de Relatos Mundo Steampunk: El mapa del cielo - 'Rota'

12:13

Tal y como os anunciamos ayer, colgaremos los dos relatos ganadores del CONCURSO DE RELATO MUNDO STEAMPUNK: “EL MAPA DEL CIELO”. Hoy es el turno del relato Rota, de Maria Eijo.


Esperamos que lo disfrutéis y os haga soñar como hizo soñar a nosotros ;)





ROTA 


La grasa en sus mejillas no era un problema. Tampoco los callos que poblaban sus manos, haciendo que apenas notara el tacto de la llave inglesa que agarraba mientras arreglaba las alas portátiles de su último cliente. El taller era una buena forma de vida, pese a la zona conflictiva en la que se encontraba. Laura adoraba su trabajo, y unas pocas escaramuzas mensuales no iban a conseguir alejarla del mismo. Sonrió al ver que Jan, su marido, cruzaba el umbral de la puerta trasera. Él se acercó con paso vivo, y la saludó con un beso.

—¿Qué tal ha ido el día? —le preguntó mientras le arreglaba un mechón rebelde que persistía en caer por delante de su cara.

—Nada destacable. Estoy arreglando las alas de Lady Dice. Siempre las deja hechas fosfatina —rio Laura.

La chica se dispuso a andar hacia la mesa para dejar allí las herramientas. Se merecía un descanso. Cuando dio el primer paso, la rodilla derecha le flojeó, haciendo que se tambaleara. Jan la sujetó para evitar la caída.

—Ve con cuidado. Aún no te has acostumbrado a las piernas nuevas —la instó a sentarse en una silla.

Laura subió con cuidado la pernera del mono marrón que cubría su cuerpo. Debido a un accidente ocurrido años atrás, había tenido que sustituir sus piernas por dos obras de ingeniería biomecánica. Le había costado adaptarse, pero la sensación de volver a caminar cuando pensaba que jamás notaría de nuevo la hierba bajo sus pies había hecho que mereciera la pena. Recordaba las noches sin dormir, con los ojos empañados en lágrimas, pensando que jamás podría volver a llevar la vida que quería. Todo eso había quedado atrás.

Los implantes no eran perfectos. Cada trimestre tenía que ir hasta la clínica a que le ajustaran los enganches, lo que hacía que durante unos días Laura tuviera que acostumbrarse de nuevo a la sensación.

Al escuchar un ruido de golpes y un grito en la calle, ambos levantaron la cabeza, mirando hacia la puerta principal. Laura se levantó con decisión, olvidándose del ligero dolor que sentía en el muslo. De uno de los cajones de su mesa de trabajo sacó un pequeño trabuco de color hueso. Lo acarició con suavidad. Aquel arma le había salvado en más de una ocasión. Se dirigió a la puerta, abriéndola con energía, mientras Jan se posicionaba a su lado con otro trabuco de mayor tamaño.

Los tumultos eran normales en aquella parte de la ciudad. Los alborotadores y ladrones más habituales sabían que debían evitar el taller de Laura, pero los tres que estaban en aquel momento en la calle parecían nuevos.

«Pobrecitos», pensó. Se acercó a ellos con una sonrisa en la cara, mientras los jóvenes golpeaban con fuerza a un niño que, en el suelo, sollozaba rogándoles que pararan. Sin mediar palabra, colocó el cañón de su trabuco en la sien de uno de ellos. El alborotador dejó de dar golpes, pero dejó caer una mirada fiera sobre Laura. Con un movimiento rápido intentó desarmarla, pero ella le dio un golpe fuerte en la nariz con el puño antes de que lo consiguiera. Sin darle tiempo a reaccionar, levantó su pierna mecánica, dándole con la rodilla en la entrepierna. El chico se retorció de dolor. Mientras tanto, Jan había sujetado a otro de los vándalos. El tercero había salido corriendo.

—Eres... ¡eres la chica mecánica! —dijo el segundo, intentando zafarse de los firmes brazos de Jan. Laura nunca sabía si le llamaban así por su profesión o por sus piernas. En cualquier caso, el mote le gustaba. Pudo ver por el rabillo del ojo cómo el primer dolorido chico se escapaba por un callejón cojeando.

—Eso es. Y si sabes eso, deberías saber que no permito según qué comportamientos en mi calle.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! —farfulló el joven, con el miedo en la garganta.

Jan lo soltó. El chico se fue corriendo. Laura sonrió de nuevo, exhibiendo sus dientes blancos. Ayudó a levantarse al niño que estaba en el suelo. Él la abrazó, dándole las gracias. Tenía un diente roto, y la sangre de la nariz empezaba a secarse en su rostro. Laura le revolvió el pelo.

—No deberías meterte con gente más grande que tú. No voy a estar yo siempre para salvarte.

—¡Claro que estarás! ¡Eres nuestra superheroína, Laura! —contestó el niño.



Jan le pasó un brazo por los hombros mientras la besaba de nuevo. La satisfacción del trabajo bien hecho la llenó por dentro. La vida en los suburbios era dura, pero Laura era feliz.


Laura cerró el cuaderno, dejando a su lado el bolígrafo, con dedos temblorosos. Las lágrimas corrían por su rostro, como cada vez que terminaba un nuevo capítulo de su novela. Escribir acerca del futuro le daba esperanzas, aunque el que ella se imaginaba jamás llegaría. Con calma, movió hacia atrás las ruedas de su silla para desplazarse por la habitación. Depositó el cuaderno sobre su regazo, sin sentir ningún tipo de estímulo proveniente de sus piernas. La silla de ruedas la llevó hasta la estantería, donde guardó con delicadeza lo que sería su futuro libro. Se enjugó las lágrimas. Ella jamás sería la Laura de la historia, pero el bastardo que le había dejado sin movilidad en las piernas en aquel accidente de coche no pudo arrebatarle todo. A la Laura de verdad siempre le quedaría la capacidad de soñar.




 


Si os habeis quedado con ganas de más, mañana colgaremos el otro relato ganador, pero si no podéis esperar y queréis seguir soñando, podéis hacerlo con el libro de Félix J. Palma, El Mapa del Cielo.

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