jueves, 22 de marzo de 2012

Relato ganador del Concurso de Relatos Mundo Steampunk: El mapa del cielo - El señor Greek


Tal y como os anunciamos ayer, colgaremos los dos relatos ganadores del CONCURSO DE RELATO MUNDO STEAMPUNK: “EL MAPA DEL CIELO”. Hoy es el turno del relato El señor Greek, de Manel Güell.


Esperamos que lo disfrutéis y esperamos que el siguiente tenga la misma buena aceptación ;)





El señor Greek 


—¿Es cierto lo que me cuenta, Sir Blackwood?

La joven Margarethe observaba su fatigado rostro reflejado en el espejo mientras hacía deslizar el cepillo. Sus ojos se habían vuelto fríos e incrédulos, con el paso del tiempo.
Sir Thomas Blackwood se había desplazado hasta la mansión de Margarethe en mitad de la noche, obligando a sus sirvientes despertarla, pues tenía una gran noticia que declarar a la señora. Y ésta, sabiendo quién era el portador de la nueva, no tardó en acomodar sus vestimentas para recibirle.

—Es cierto, señora Higgins.

—Llámeme Margarethe, por favor.

Los ojos de la mujer temblaban siempre que escuchaba su apellido de casada; y una lágrima descendía silenciosa por la mejilla, al recordar la última vez que las manos de su marido cepillaron su larga melena. Después, la tuberculosis hizo que él partiera hacia el otro mundo.

—Lo siento, Margarethe —le contestó, mirando al suelo—. Pues sí que es cierto lo que vengo a contarle. Mi carruaje nos está esperando en la entrada, para llevarnos hasta el estudio de Greek.

—Y… ¿funciona?

—Usted será la primera en probarlo, expresa petición de un servidor.

—Es usted muy gentil, Sir Blackwood.

El carruaje abandonó las calles más concurridas del centro de Londres para adentrarse en el temible East End, circulando sin detenerse hasta alcanzar uno de los callejones más escondidos y siniestros. La niebla flotaba sobre los adoquines formando un manto etéreo que se abrían en surcos al paso de los caballos. Al final del corredero, una pequeña puerta herrumbrosa les cerraba el paso.

—Es aquí —informó Sir Blackwood.

El hombre hizo méritos de galantería ayudando a descender a la joven viuda, cogiéndola de la mano. Margarethe estaba temblando de miedo y emoción, pensando que tras aquella puerta vieja y oxidada podría realizar su sueño más deseado. Y mientras su acompañante hacía resonar el hierro con los golpes de la aldaba, ella se llevó su fina mano enguantada al camafeo que le colgaba del cuello, como último recuerdo físico de su amado. Los goznes crujieron y, tras ellos, el gemido cansado de la puerta que se entreabrió.

—Vamos —dijo a Margarethe, avisando después al cochero que permaneciera atento, a la espera.

Ambos bajaron por unas escaleras de piedra que a la chica se le antojaron inacabables, pues creía que al final de éstas, perdiéndose en la oscuridad, llegarían hasta el mismo abismo, donde un ser sobrenatural les estaría esperando para concederle el sueño anhelado a cambio de vender su alma. El temblor se inclinó totalmente hacia un lado, descartando su vertiente emocional.

—Sir Blackwood —susurró en la penumbra—. ¿Está seguro que es aquí? Este lugar me pone nerviosa.

—Sí, señora Margarethe —contestó, apretándole un  poco más la mano—. No tenga miedo.

Las escaleras seguían su declive y, poco a poco, la bóveda se estrechaba, dejando el mínimo espacio para hacer pasar sus cuerpos. Margarethe rozaba las faldas por ambas paredes. Un olor extraño ascendía de las profundidades. Un hedor que se intensificaba a cada escalón que pisaban, y que penetraba punzante a través de las fosas nasales de la joven. En el siguiente recodo, una luz tenue y anaranjada les daba la bienvenida.

—Estamos llegando —anunció Thomas.

Un último tramo de escalones antes de alcanzar suelo llano, y un pasillo estrecho, iluminado por unas pequeñas y polvorientas lamparillas, les separaba de otra puerta cerrada. El hedor procedía del interior. Fue Sir Blackwood quien se adelantó para llamar mientras la mujer se esperaba a unos pasos de él. Esta vez la puerta no se abrió sola, sino que había la oscura forma de un hombre que les daba la bienvenida. La luz impactó en la cara del desconocido, mostrando a Margarethe un rostro decrépito y grisáceo que la asustó.

—Bienvenido, Sir Thomas —dijo el hombre con voz siniestra—. ¿Es… la señorita de la que me habló?

—Exacto, señor Greek —contestó, dando un paso hacia un lado, dejando a Margarethe a la vista—. Esta es la mujer que busca su ayuda.

El extraño señor Greek examinó el rostro de la joven con unos ojos pequeños y negros, sabiendo el respeto que infundaban sin tener que mediar palabra alguna. Y comprobó su efecto en el miedo que destilaba la mirada de la mujer. Dio media vuelta y se adentró en la habitación, sin ofrecer el paso a los recién llegados. Sir Blackwood agarró la mano de Margarethe con suavidad, haciendo ademán de calmarla; y tiró de ella para conducirla hacia el interior.

La sala era amplia y espaciosa, aunque no muy alta. Lo suficiente para que un humo negruzco, el causante de la fetidez que viciaba el entorno, serpenteara al ras de los ladrillos que lo formaban, creando una capa oscura como la noche. Y esa humareda era despedida por unos largos tubos que sobresalían de un armatoste que gobernaba el centro de la estancia. Un aparato extraño, pensó Margarethe, pues además vibraba y emitía un zumbido sordo que les envolvía invisible.

El rostro de Thomas Blackwood se tornó brillante al quedar fascinado por lo que veía. Lo observaba todo como un niño pequeño, yendo a un lado y al otro, nervioso, hasta que se colocó junto al tipo que les había recibido. La joven se acercó a ellos con cautela.

—Señorita…

—Margarethe —aclaró la mujer—. Llámeme Margarethe.

—Está bien. Señorita Margarethe. Su amigo, Sir Thomas, me comentó que usted tenía la necesidad de realizar un sueño, pero que era algo imposible de conseguir.

—Así es.

—Y me rogó que pusiera a su disposición mis conocimientos y mi trabajo para lograr complacerla.

Margarethe miró de soslayo a su amigo, viendo como éste sonreía, asintiendo con la cabeza. Quedó en silencio.

—Verá, señorita. Lo que usted desea es algo que se aleja de las leyes de la naturaleza, como bien sabrá; pero quizá, con mi invento pueda ayudar a que esa frontera natural sea traspasada, dándole a usted la satisfacción de experimentar su sueño hecho realidad. ¿Está usted dispuesta a traspasar las barreras de lo conocido?

El rostro de la joven se ensombreció, mostrando la duda y el miedo que infundaba la propuesta de aquel tipo. El brazo de Sir Blackwood rodeó los hombros de la mujer, proporcionándole seguridad y confianza. Los labios de Margarethe se entreabrieron lentamente.

—S… sí —dejó escapar con un leve silbido.

El señor Greek agradeció la respuesta y se fue a la parte trasera de la máquina para cargar el caldero con leños, que formaban una gran pila contra la pared. Accionó una de las palancas que sobresalían como espadas por el lateral del aparato, y éste empezó a zumbir con más intensidad. Los tubos escupieron una bocanada de humo negruzco para dar paso a una nube densa y blanca, que pronto eclipsó la anterior. Entonces, el zumbido provocó que los pies de la máquina temblaran, hasta que volvió a estabilizarse.

—Es el momento, señorita Margarethe —anunció el hombre extraño.

Moviendo dos ruedas al mismo tiempo, un chiflido agudo acompañó la apertura de una puerta en el centro de la máquina. El hombre ayudó con sus manos a que se abriera del todo, dejando a la vista sus entrañas. En el interior no había más que una cámara reducida y un sillón acolchado. El hombre la invitó a acceder acercándole la mano. Margarethe se quedó inmóvil frente a la entrada, escudriñando el habitáculo con temor.

—¿Debo entrar ahí?

—Sí, señorita.

—¿Y qué es lo que ocurrirá?

—Usted realizará su anhelado deseo, pero… —el hombre dejó la frase en el aire, cargando de dramatismo el instante—, si no le apetece, siempre está a tiempo de echarse atrás. Ahora es el momento que elija qué es lo que realmente ansía.

Tras unos segundos de reflexión, la joven se levantó un poco la falda y subió los dos escalones de acceso a la máquina. El señor Greek la acomodó en el asiento, tratándola con suavidad, mientras le explicaba todo lo que le iba a ocurrir mientras permaneciera en el interior. Le colocó en la cabeza una corona metálica que estaba comunicada por cables a una caja oscura, encima de la mujer. Y le tapó los ojos con una banda fría y flexible, hecha de un material férreo que nunca había visto.

—Sobre todo no se asuste por lo que vea, pues los nervios podrían hacer que el final del trayecto se viera truncado.

Margarethe asintió con la cabeza, invidente ante los dos hombres. El ruido de la puerta al cerrarse y la sensación a estanqueidad, aceleraron el pulso de la joven, abrigada de todo en la más completa oscuridad. A su espalda podía escuchar los silbidos que la presión del vapor emitía al encontrar alguna escapatoria. De pronto, la máquina empezó a traquetear, cada vez con más fuerza, haciendo que el cuerpo de la chica se sacudiera rápidamente. Notaba cómo las sacudidas iban incrementando, cómo su equilibrio se desvanecía sintiendo la pérdida de la gravedad, hasta que dejó de percibir. A partir de ahí todo fue silencio y tranquilidad.
En el exterior, Sir Thomas Blackwood y su amigo miraban expectantes a la máquina; concretamente a una pequeña bombilla que sobresalía por encima de la entrada y que estaba apagada. Y así aguardaron en silencio, Sir Thomas nervioso, el inventor sonriente, hasta que una luz verdosa se escapaba tímidamente por entre las juntas de la puerta estanca.

—Ahora es el momento —anunció el hombre, levantando las manos.

La levedad de la luz se perdió por unos segundos, estallando de repente e irrumpiendo en la sala como una gran ola luminosa que cegó a los presentes. Poco a poco fue desapareciendo, devolviendo a la estancia su lóbrega situación de taller clandestino. La pequeña bombilla empezó a parpadear. En ese momento, la puerta se abrió gradualmente, ante la sorpresa de Sir Blackwood que, al mirar al interior vio que el habitáculo estaba vacío.

—Ya… ¿ya está? —preguntó el Sir, incrédulo ante lo que sus ojos le enseñaban.

—En efecto.

—Y… ¿la señorita Margarethe?

—Ahora mismo debe estar despertando del largo sueño que produce el viaje interdimensional, Sir Thomas, porque es agotador —explicó el señor Greek con un brillo de entusiasmo en sus ojos—. Pero no debe preocuparse, ya que yo mismo la despertaré. O mejor dicho: la desperté, hace diez años. 

Si os habeis quedado con ganas de más, podéis seguir soñando con el libro de Félix J. Palma, El Mapa del Cielo.

2 comentarios:

Hell dijo...

Ey!
Genial como queda!
Muchas gracias!

Hell.

Dana dijo...

Lo que es bueno queda bien con cualquier cosa :P
Enhorabuena por el relato!!