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El Ferrocarril

Segundo Clasificado del I Concurso de Relatos Pertegast

Podía ver su cara sonriente reflejada a través del paisaje, a pesar de tenerle sentado de espaldas a ella. Era solo de vez en cuando, durante el viaje, que él se giraba para mirarla a la cara y compartirle con una sonrisa lo bonito que veía todo, para volver pronto a reflejarse en el cristal y seguir disfrutando del fugaz paisaje, que danzaba siempre con el mismo paso de baile, hacia atrás, hacia atrás, hacia atrás...


Los hermosos y fuertes árboles frutales le parecían, por veces, estar saludando con sus ramas al verle pasar, quizá ofreciéndole los frutos de sus ramas.

Incluso las montañas, aún siendo ya encanecidas ancianas, tan mayores, grandes y asentadas como para poder moverse de sus butacas, parecían alegrarse al verle.

Y las nubes, aún las nubes, infinitamente más limpias, esponjosas y blancas que el humo negro y contaminado del ferrocarril, lo cubrían con sus mantos, como si una protectora madre lo arropase para echarse a dormir entre los susurros de la canción de cuna que el viento cantaba.

Pero, de pronto, el baile cesó. Y un desesperado y helador grito del tren, que sobresaltó al niño, terminó el viaje. Era hora de bajarse, hora ya de salir al exterior.

A través del paisaje exterior, mirando su reflejo, la madre pudo atisbar entonces que el rostro del niño se demacraba, a punto ya de echarse a llorar. Una angustia la invadió.

—Cariño, hay que bajarse ya. Hemos llegado.

—No, mamá, por favor. No quiero. Un poco más, por favor...

—Pero no puede ser, cariño. El viaje ha terminado. Estamos en casa.

Le parecía cada vez más a mamá que el humo negro de la locomotora se le infiltraba ahora en el pecho, inundándole los pulmones, angustiándole y apretándole el corazón, impidiéndole latir. Contemplando el vagón ya desierto a su alrededor.

Se abrió la puerta del vagón justo en ese momento, cuando ya las lágrimas del niño mojaban el cristal, dejando entrar al revisor.

Mamá trató entonces de quitarse el humo del corazón para levantarse de un salto en dirección al hombre.

—Disculpe, caballero, ¿podría pedirle un enorme favor?

—Por supuesto, señorita, lo que...

—Se trata de mi hijo —le interrumpió ella, señalando al pequeño, pegado al cristal—, no quiere bajarse. Es que le encanta el paisaje, ¿sabe usted? Y no logro convencerle para que salga...

“¿Podría simplemente dejarnos pasa aquí dentro un rato? Solo unos diez minutos más, por favor...

El hombre los contempló a ambos con gran ternura durante un par de segundos, tratando de no reflejar en sus ojos el dolor que le atenazaba el corazón. Y, con gran pesar....

—Lo siento muchísimo, señora; pero van a tener que bajarse. Entienda que nos quedan pocas máquinas, y no podemos prescindir de ninguna. El tren tiene que hacer otro viaje dentro de media hora y tenemos que prepararlo ya. Lo siento de veras, señora...

Sin más decir, el hombre se giró y salió de nuevo del vagón. La madre y el niño se quedaron solos y, de repente, las luces se apagaron. Y el paisaje se perdió. Sólo se podían ver ya las lágrimas que el niño había dejado en el cristal, a través de su propio reflejo, envuelto en oscuridad, en el negro más oscuro que hubiese visto jamás, formando en conjunto un horrible cuadro de dolor.

Tras unos segundos ante sí, viéndose en el espejo, accedió, aunque todavía ante lágrimas y sollozos, a salir del tren con su madre de una mano y la soledad de la otra.

Y, despacio, ambos se dirigieron al fin al exterior. Con calma, la madre lo estrechó entre sus brazos, para evitar que se hiciese daño al bajar del andén.

Ambos miramos en torno, como sin saber dónde nos encontrábamos ni a dónde ir, a pesar de sabernos en casa.

Yo contemplaba todo como si fuese una antigua, ajada, foto borrosa; con sus cielos y sus paisajes, con los rostros de la gente teñidos de color sepia, del oscuro y áspero tacto del tiempo y la contaminación.

El mundo no es ya como mamá lo conocía.

Paradójicamente, las imágenes del pasado, nítidas y hermosas, sanas y limpias, que las pantallas del tren proyectaban, y que parecían actuales, son las auténticas fotos del pasado. Y el mundo borroso y horrible, enfermo y sucio, que parece una foto gastada de tiempos pasados… esa, esa es la realidad.

Las fotos hermosas, las fotos a color, se han perdido y estropeado. Son el pasado del que ya puedo huir…

No pude evitar a echarme a llorar de nuevo, recordando el pasado que nunca viví, el mundo que nunca vi.

Y mamá, abrazada todavía a mí, suplicando mi perdón, por el mundo que no me supo conservar...

Comentarios

juanjelopezponeletras ha dicho que…
¡Vaya! Buen relato. Bonito y demoledor por lo factible que puede ser. Me gusta. ¡Y enhorabuena!

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