miércoles, 15 de junio de 2011

El engranaje dorado

Cada engranaje estaba en su lugar, pero no giraba; cada correa ocupaba su sitio, pero no se movía; todo estaba listo, pero el tiempo seguía parado.
Preocupado, el relojero vertió varias gotas de aceite aquí y allá, lubricando los engranajes, haciéndolos girar. Después, comprobó los ejes del reloj. Repasó las agujas y comprobó que estuvieran bien colocadas. Sí, todo estaba en su lugar pero, por algún motivo, el paciente no quería vivir. No podía vivir.

El relojero, desconsolado, se dejó vencer. Dejó que la luz se le apagase.
Sin fuerzas, se dejó caer sobre el cuerpo inerte y muerto de su compañera, y una lágrima brotó. Una sola lágrima surgió…
Y, sin que se percatase, esta cayó sobre las agujas del reloj, avanzando lentamente hacia el eje de la maquinaria, recorriendo el engranaje dorado, resplandeciendo, iluminando su mundo. Una lucecilla se encendió… ¡y el engranaje se movió!
Las agujas comenzaron a marcar las horas. El tiempo que pasaban juntos volvió a contar. El reloj comenzó a funcionar. Pero no para ella, no para ella.
El relojero revivió al ver funcionar su creación, su gran creación.
Pero no se percató de que ella seguía sin moverse, sin revivir, porque ya no tenía corazón.


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