domingo, 5 de junio de 2011

Cyberdark, o el año 2011

Es domingo, y acabo de meterme por los ojos el artículo de Reverte de esta semana. Es uno de esos artículos ante los que, al terminar de un tirón, me digo que no puedo estar más de acuerdo con lo que este viejo lobo de mar acaba de vomitar. Y, como toca un tema que me escama, me revuelve las tripas y me hace pensar desde hace ya un tiempo; me siento impulsado a hacer aquí una pequeña reflexión sobre el tema. Voy a ponerme a escribir, sin más, sin planificar nada; a ver a dónde me lleva esto.

Se trata de la tecnología, del alcance y el poder —el dominio, más bien— que tiene en nuestras vidas, más que nunca.
¿Es, acaso, que la tecnología es mala? No. Por supuesto que no. Ahora mismo, por ejemplo, estoy escribiendo palabras sin tinta en una hoja de papel simulada, que no existe, que se irá a tomar viento si pulso una simulada “tecla” con forma de X o si la batería del portátil se descarga por completo. Y lo voy a publicar en un “diario electrónico” que no existe realmente. Voy a mandar todas estas palabras que estoy transcribiendo a través del… ¿hiperespacio? a un servidor muy lejos de aquí, no sé exactamente dónde, para que otra persona pueda leer este “diario falso”.
No. No está mal. Pero ha entrado en nuestras vidas tan pronto que todavía no hemos tenido tiempo a darnos cuenta del impacto que está teniendo entre nosotros, de cómo nos está influyendo.
¿Y hacia dónde nos lleva? Tomemos por caso el pasado año 2010 y los primeros meses de este 2011 para ver hasta dónde se atrevió a llegar la virtualidad.

Comencemos por lo más inocente, por el ocio y los videojuegos y los teléfonos móviles. Nadie puede negar lo increíble que están resultando los últimos avances en este campo. Los videojuegos han avanzado de tal modo que ya no son para niños o adultos jóvenes, ni son solo juegos. Así, podemos elegir entre vernos dentro de la tele y del juego con la Wii o la PlayStation 3 o ver nuestro juego fuera de la tele con la NintendoDs, con su realidad aumenatada o su 3D. Podemos ir al extranjero y hacerle una foto al menú de un restaurante o a un cartel informativo para que el móvil nos lo traduzca al español. Podemos además ir haciendo fotos a cuanta atracción turística vayamos para que nos cuente su historia o atractivo cultural. Y convertimos la realidad en algo más que realidad, en realidad aumentada.
En cuanto a la información, ¿qué decir de Wikileaks y sus filtraciones? Pensemos fríamente en lo que supone, o puede llegar a suponer, no el mismo Wikileaks, sino un fenómeno semejante: una organización nacida, desarrollada, gestionada y operativa tan solo en Internet; operando a nivel global; fuera del control de cualquier Estado, violando y cuestionando sus leyes, librando una feroz batalla tan sol virtualmente. Una guerra de información, una guerra virtual. Reitero que no me refiero a Wikileaks. Pero si ya ha sucedido algo parecido, ¿no está el campo preparado para que algún fuera de la ley dé el siguiente paso? Y no olvidemos la repercusión que tuvo Wikileaks con Anonymus, Facebook, Twitter, etc.
Me hace pensar esto en el siguiente punto: las nuevas redes sociales. Sí, las nuevas redes sociales. Digo nuevas porque las redes sociales ya existían antes del Face. Pero nunca una red social llegó a tener tal repercusión. Gracias a Facebook podemos conectarnos globalmente con cualquiera de los seis mil millones de microbios que pululan en sus gotas de agua para movilizar cualquier cosa. Puedes crear y organizar a manifestantes, acampados, indignados o a terroristas, golpistas, partisanos, guerrilleros… Todo virtualmente, llegando a más gente de la que nunca imaginaste. Tal como dije hace un párrafo con Wikileaks, ¿no está el campo preparado para que algún fuera de la ley dé el siguiente paso?

Será porque la virtualidad no vive en nuestro campo físico que se nos escapa de las manos más ágilmente que el jabón o será que su naturaleza etérea no nos parece real, y por eso siempre va un paso por delante de nosotros.
Así nos metemos ya en el tema de la neutralidad en la Red, en la vulneración de derechos, en las descargas ilegales, en leyes Sinde… temas de los que no quiero hablar, pero que nos hacen ver que ha llegado un momento en el que queremos poner puertas al campo. Me recuerda irremediablemente a esa escena que había en la mente del protagonista de El guardián entre el centeno. Un hombre con los brazos extendidos donde el campo de centeno termina en un enorme precipicio, tratando de evitar que los niños que juegan despreocupados caigan al vacío.

Y, para terminar, ya que hemos hablado de lo doméstico y de lo global, aunemos ambos puntos en uno solo; aquellas cosas que nos conectan como individuos al mundo.
Todavía me hacen pensar los continuos ataques a los que Sony se está viendo totalmente impotente, a los robos de cuentas que ha sufrido Microsoft, a los que ha sufrido Gmail, a los rastreos ilegales que surgieron en algunos iPhone, a las miles de páginas hackeadas…
No hace mucho fui a la biblioteca para pillar un par de libros y me tuve que ir con las manos vacías. ¿Problema? No hay sistema informático, dijeron. Tenemos luz, los ordenadores funcionan, ¿cuál es el problema, pregunto. El sistema de Santiago se ha colgado, me dicen. Como si fuese algo lógico y normal. Si la biblioteca de Santiago se va al traste, todos nos caemos con ellos.
Y con la Seguridad Social pasa lo mismo. Si Santiago o Madrid no van, nadie va… Somos como bombillas de Navidad hermosamente iluminadas, brillando todas en serie pero, ¿qué pasa si una sola cae? Adiós a todas las luces. Caemos todos.
Como en ese episodio de Los Simpson en el que Homer no actualiza su ordenador para el año 2000 y provoca la destrucción de la Tierra. Es una exageración, más que una exageración. Pero hace pensar.
Como esa gente a la que le cuesta un mundo cambiar de móvil porque tiene toda su vida dentro del viejo. Y, si lo cambian, es por moda, para estar a la última, para no quedar atrás. Tu vida en un móvil. Tu vida metida dentro de esa caja de luces. Tu vida, y la de los tuyos. Información confidencial para dar y regalar, para perder y lamentar.
¿A qué viene esclavizarse de este modo? ¿A qué viene dejar todo en manos del plástico, el silicio, el oro y el cobre?
Y, la pregunta del millón, ¿algún día nos arrepentiremos de esto? ¿Algún día trataremos de poner puertas al campo y acabaremos por darnos cuenta de que ya es tarde?
¿Algún día veremos replicantes por las calles? ¿Algún día Deckard llegará al punto de dudar si es humano o no? ¿Nos cruzaremos con Johnny Mnemonic por la calle algún día?
No sé si llegaremos a tal punto, pero si analizamos fríamente lo que es el cyberpunk, quizá nos llevemos una sorpresa.
Cyberpunk: (según la wiki Alt+64): Su interés radica en su estudio de los potenciales peligros de los avances científicos y técnológicos. Sus historias transcurren en futuros generalmente distópicos, donde el ser humano ha sido alienado por un entorno de un alto grado de sofisticación técnica.
Si ese futuro distópico no ha llegado, está al caer. Aunque personalmente, hubiese preferido ver a este loco mundo metiéndose en otro punk. En Steampunk, por qué no; o por poner el listón más alto, en Greenpunk.

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