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No quieras saber lo que se siente...

Hace ya un año y cinco meses que comencé a escribir una novela decimonónica, de temática steampunk. Obviamente, saber cómo funcionaban el Imperio Británico y su capital en 1885, me llevó un tiempiño de investigación. Y, además, la inclusión de unos cuantos personajes históricos me llevó también a investigar sus vidas y su posible personalidad. Además... dejemos caer aquí un largo etcétera de investigación.

Pasado un año y poco, la novela estaba ya escrita y lista. ¿Lista? No. Como se hace con los buenos pasteles que salen recién horneados, primero tuve que dejarla descansar. Así, pasé un mes, más o menos, sin saber nada de lo que había escrito. Eso sí, con mi paranoia habitual, me preocupé por crear primero tres o cuatro copias de seguridad.

Pero, al fin, llegó el asqueroso y largamente esperado y odiado momento de las correcciones. Repasar toda la novela buscando y rebuscando tus propios errores, como tu peor critico, diciéndote «pero qué pringao eres».


Llevo ya varios meses con esto, no sé cuánto exactamente... en abril, por ejemplo, no hice apenas nada. Lo mido más bien por capítulos o por páginas. Y, se podría decir, si todo va bien -Dios nos asista-, que ya voy por la mitad del manuscrito.

Ayer, por ejemplo, estuve toda una tarde dándole caña a la novela, corrigiéndola como un profesor exigente de esos que se sentaban tras su escritorio, con una regla en la mano preparada para darte una zurra y el mapa de España -grande y única- detrás. Corrigiendo, corrigiendo, exigiendo, volviendo atrás, repasando, avanzando y, a veces, rompiéndome el coco para tratar de entenderme a mí mismo.

¿Entenderme a mí mismo? Exacto. Porque, a veces, me topo con expresiones, o fragmentos más largos, con los que no soy capaz de adivinar de dónde han salido. ¿Qué pretendía decir cuando lo escribí? ¿Qué narices estaba sintiendo en el momento en el que escribía? Eso que nos obligaban a hacer en clase de Literatura durante meses con un único poema, que al final acabábamos sabiendo de memoria. Terminábamos la clase sabiendo más de la complicada vida privada de un autor que de la calidad literaria de su obra… Saber por qué se escribió esto en este contexto.


Me viene ahora a la mente el episodio «Lisa, la Simpson», de Los Simpson: «Será que estoy sufriendo un proceso de tontuna. ¡Eh, ya no sé si es tontera o tontuna!»

Y yo, ¿será que en aquel momento, imbuido en el proceso creativo, tenía la mente más lúcida que ahora, imbuido en el rígido proceso crítico? Porque, si es así, puede que esté perdiendo fragmentos muy importantes y de calidad.

Héte aquí el sufrimiento de la corrección, el tedio que supone, y el por qué de no pasárselo a otra persona para que lo haga por mí. Solo yo puedo saber qué va en dónde y, a veces, siento que ni eso sé hacer... No hay nada peor que pensar que un párrafo entero se te va al garete.


La conclusión, después de todo esto, es la siguiente: en adelante, debo evitar lo que pasó ayer.

Cuando corrijas una novela, no debes permitir que la impaciencia por tenerla lista te agobie. Debes tomártelo con calma y relajación, como si simplemente la estuvieses leyendo. Y no le dediques toda una tarde de interminables horas, hasta acabar exhausto. Porque, además del tedio, el desgaste y el agobio, se van perdiendo reflejos.

Se puede llegar a dejar pasar un «andó» en el lugar de un «anduvo»; una palabra en gallego en un diálogo entre dos británicos decimonónicos; verbos acabados en «-ava»... o, lo que es peor, puede que llegues a verte chantado como un tonto frente a la pantalla sin saber decir si esto se escribe así con cosas que, con una mente lúcida, sabrías sin dudar.

Si no lo has sufrido ya, no quieras saber lo que se siente... Y, si ya has pasado, o estás pasando por esto, ¿cómo te hace sentir a ti? ¿Qué burradas te pasaron a ti corrigiendo tus novelas? ¿Qué opinas tú del proceso de corrección?

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