martes, 8 de marzo de 2011

Amos de títeres, de Robert Heinlein

Creo que hace ya cuatro o cinco años que leí Amos de títeres, de Robert Heinlein. Y no es que la reseña se me haya traspapelado hasta ahora, es que acabo de releerlo hace escasos días. No llegó a mí por segunda vez casualmente, sino que llevaba tiempo queriendo releerla.
Amos de títeres es parte de uno de los misterios irresolutos que tenemos con algunos libros. No se trata de una novela de calidad –de hecho, diría que la narrativa deja un poco que desear-, pero gusta, y mucho. No sabría decir por qué, no sabría decir por qué recuerdo ese buen sabor de boca que me dejó después de devorarla ávidamente en escasas horas, no sabría decir por qué tenía tantas ganas de releerla, y no sabría decir por qué esa sensación se repite a la segunda vez. Pero es así.

Amos de títeres nos cuenta una invasión extraterrestre poco convencional en un hipotético futuro con una estética muy cincuentera (será por haber sido escrita en el año 1951) en la que la energía nuclear está casi hasta en la sopa y ambientada en un mundo tranquilo que transmite la sensación de paz y seguridad, de que las guerras se han quedado atrás y de que las cosas van mucho mejor; aunque parece que la Guerra Fría sigue ahí.
Podemos decir que Heinlein no pierde tinta ni papel y nos narra directamente la invasión, sin pararse en descripciones, presentaciones, prólogos o preámbulos. Vamos directos al grano y nos adentramos en una guerra en la que no hay batallas, en una guerra más psicológica que física que nos hace pensar en la situación que Heinlein y sus Estados Unidos vivían en aquella época: la Guerra Fría, la caza de brujas del senador McCarthy…
Pero lo que más me llama la atención de esta historia es la actitud de las instituciones al mando. Lejos de las modernas películas en las que el Presidente está al mando veinticuatro horas y el ejército hace “lo que se tiene que hacer”, Amos de títeres muestra a los protagonistas “luchando”, a veces desesperándose, por ser escuchados por la burocracia y poder iniciar la lucha. Y son la burocracia y los entresijos de la política los que más complican la lucha.
Pero este inciso político no debe transmitir una idea soporífera a la narración pues, como ya dije antes, Heinlein no está por gastar tinta ni papel y nos sabe absorber en la historia con emocionantes episodios y giros de argumento alucinantes. Cosas que, por cierto, había olvidado y me sorprendieron tanto como la primera vez.

En conclusión, que no es de esperar una gran obra. Y, tratándose de un
Heinlein, con gato incluido y con esas dosis de “humor” tan suyo. Es una novela que, desde mi punto de vista, ningún amante de la buena ciencia ficción debería perderse.

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