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Las calles de arena, de Paco Roca

Hace algún tiempo, publiqué una reseña de Arrugas, de Paco Roca. Antes de aquel tebeo, no conocía al autor y no había leído nada de él. Pero fue tal la impresión que me causó que decidí buscar más de sus obras y contactar con él personalmente para transmitirle mi opinión con respecto a su obra.
Así que hoy voy a reseñar Las calles de arena.
No es que no haya leído más obras de este autor desde aquel memorable Arrugas. Pero me ha parecido que este tebeo, reciente ganador del Premio Ignotus, merecía ser reseñado y hacerse un hueco en este blog al lado de aquel.

Ya la contraportada lo presenta como “el extraño viaje de un joven a través de lugares habituales y, sin embargo, desconocidos, dentro de una realidad sorprendente, y aun así, familiar.” Y esa es exactamente la sensación que se tiene al leerlo.
Es una historia en la que se nos presenta a un personaje despistado que se pierde en la calle al tratar de ahorrar tiempo en llegar a una cita.
En un principio, este argumento puede parecer simple, sin llamar mucho la atención, pero una vez que se empieza a leer y se entra con el protagonista en su disparatada historia puede que hasta nos sintamos identificados con él. Porque lo que le sucede, aun en un ambiente onírico, fastidioso y extraño, resulta familiar para todo el mundo. No te mostrará más que tu propia vida cotidiana, vista a través de los ojos del perdido transeúnte.

Y la situación angustiosa e inquietante de Las calles de arena, como me pasó con la situación triste y dolorosa de Arrugas, se me iba relajando con los frecuentes toques de humor con los que Paco relaja el nivel de tensión al tiempo que nos hace sonreír. Esas situaciones absurdas que se dan a veces en Las calles de arena, no hay quien no las vea como cotidianas, normales quizá, trayéndonos a la mente nuestros propios miedos, nuestros temores cotidianos, esas rarezas que pintan todo nuestro calendario.
Como ejemplo, el anciano que lleva treinta años llenando y vaciando su bolsa con la lista de lo necesario sobre la mesa, asegurándose día tras día de tener lo necesario, posponiendo su viaje continuamente por miedo al fracaso, por miedo a encontrarse en el exterior, en el mundo real, sin lo necesario para enfrentarse a él…

Toda esta historia me llevó a un final, para mí, inesperado. Un final que me obligó a volver la página atrás y que, durante un rato, me impidió cerrar la contraportada sobre él. Un final, en definitiva, que nos hace pensar. Que nos hace repasar todo lo que acabamos de ver y darnos cuenta de que, si después te asomas a la ventana a ver pasar el bullicio de la ciudad, volverás a leer Las calles de arena en los rostros de las gentes que pasan, en las caras que desconoces y en las que te resultan familiares y, muy seguramente, en el hombrecillo que siempre acude a la cita cuando quedas con él en el espejo...

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