miércoles, 14 de abril de 2010

Cargamento número 100

Había pensado en guardar esta entrada para algo especial. ¿Por qué?

¡ES LA ENTRADA NÚMERO 100!


Llevo escribiendo en este blog desde febrero de 2007, hace ya tres años, en los que han pasado muchas cosas, he conocido a muchísimos escritores y aprendido infinidad de cosas de todos ellos.

He de decir también que pensé varias veces en dejarlo por falta de ganas o tiempo o por circunstancias adversas de la vida, pero seguir con ello me ha servido para el objetivo que en un principio me había propuesto: mejorar en mi escritura.

La verdad es que eso también lo he notado. Gracias a escribir aquí y a la influencia de otros escritores he aprendido a expresarme mejor y a abrirme a otros temas y otros géneros.

Llegué con la cabeza llena de navecitas y robots y poco a poco me metí en la histórica, en fantasía y en realismo. Incluso en terror, gracias a Nachob, el Contador de Historias; en retrofuturismos como el steampunk, gracias al foro SteampunkSP y blogs como Vapor mecánico o Cosecha de mundos y grupos como The Clockwork Dolls como fuente de victoriana inspiración; la fantástica y los cuentos infantiles, gracias a Joe o a Javi y sus Castillos en el Aire, etc.

Contento de ver el número creciente de lectores que se embarcan como “pasajeros” y de otros “barcos” que comentan a través de la “radio de a bordo”, desde el puerto... envió este cuento como cargamento número 100.

Gracias por mantener encendidas las calderas para que el barco siga navegando:



Zapatos nuevos

El pobre hombre pobre ya estaba con el agua al cuello. No le quedaba dinero y necesitaba un trabajo con urgencia, de lo que fuese. Ni siquiera tenía ya zapatos. Las suelas ya se habían cansado de seguirlo, así que se quedaron en alguna parte del camino.

Pero tuvo suerte al llegar al puerto y conseguir un puesto en un barco de pesca. Empezaba al día siguiente, pero como era tan pobre, le dieron unas monedas para cenar.

Vicente, que así se llamaba, tenía mucha hambre, pero ya se había acostumbrado a ella. Y como a partir de ahora iba a estar rodeado de pescado, decidió gastar el dinero en unos zapatos nuevos.

Al día siguiente, llegó un poco tarde al barco y casi se van sin él. Pero como era el nuevo, nadie se enfadó con él. Además, si se hubiese gastado el dinero en comida, ahora pesaría más, tendría que correr descalzo, se habría quedado en tierra y se habría quedado sin trabajo. Así que se alegró de no haber cenado y de tener zapatos nuevos.

Pasó varias horas trabajando y todo iba muy bien. Pero como suele pasar, el mar se encaprichó y decidió que ya era suficiente pesca por hoy. Así que los metió en una tormenta. Pero el capitán no quiso volver a casa. Si no había pesca, no había comida. Así que siguieron pescando.

Como era novato, le costaba mucho trabajar y aguantarse de pie al mismo tiempo. Se caía cada dos por tres. Pero lo que más le molestaba era que sus zapatos nuevos se estaban empapando.

Mientras el capitán gritaba a los demás que tuviesen cuidado de no caerse, el novato se cayó por la borda, con un grito ahogado que nadie pudo oír.

"Mis zapatos", pensó, "ahora sí que no me valen para nada."

Nadie lo vio desaparecer. Y como no lo conocían aún, nadie lo echó de menos.

El barco se fue, y él se quedó metido en la tormenta.

Sus zapatos nuevos lo llevaron hasta el fondo del mar, donde nunca más se los sacó y donde las suelas no volvieron a abandonarlo, nunca más.

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