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Los ratones de lana

11:33


Delenda est Carthago, en colaboración con la Casa de la Juventud de Granada y con ayuda del proyecto Pliegues/Despliegues, busca cuentistas.
Cuentos del Dr. Tiritas quiere reunir 20 cuentos infantiles para ser leídos en hospitales a niños enfermos, pero también para ser repartidos por salas de espera, alegrando las horas de pacientes y acompañantes.
Yo no sé si me de da bien, pero mandé uno. Este es mi primer cuento infantil.
Los ratones de lana



En un agujero en el suelo de la granja vivían los ratones. Y el agujero era bastante más grande de lo que todos pensaban. La entrada era muy pequeñita, y tenían que entrar y salir de uno en uno, pero dentro había un montón de pasillos y galerías lleno de nidos, comida, juguetes y todas las cosas que a los ratones les gustaba juntar.
Los ratones tenían mucha habilidad para entrar en la granja y llevarse cosas sin ser descubiertos. Aunque también aprovechaban que el abuelo no veía muy bien y que la abuela no oía mejor que él.
Uno de los mejores momentos de la semana para entrar era cuando los abuelos se iban a la ciudad a comprar cosas.
Pero un día pasó algo que no esperaban. En vez de volver los dos con las manos llenas de bolsas, era el abuelo el que llevaba todas las cosas. La abuela llevaba en brazos un pequeño gato muy peludo.
Todos los ratones tragaron saliva a la vez cuando lo vieron llegar y se fueron corriendo a su agujero, entrando más rápido que nunca.

Pero había dos muy valientes que decidieron ir a hablar con el gato: Manso y Astuto.
El gato se llamaba Persa, era joven y estaba un poco asustado. La abuela lo había traído a la granja para que cazara ratones, pero era un poco torpe y no sabía correr muy rápido. Además, su madre nunca le había enseñado porque tenían muchos primos por parte de padre que eran ratones.
Pero si no se les ocurría nada, el gato tendría que irse y traerían a otro en su lugar que sí supiese hacerlo.
Así que, tras horas de negociar, Manso y Astuto llegaron a un acuerdo con Persa y lo firmaron aquel mismo día.

El contrato decía que los ratones tenían derecho a entrar y salir de la casa cuando les hiciese falta ir a buscar cosas.
A cambio, tenían que ayudar a Persa a ganarse su comida. Así que, cuando entraban, le sacaban a la abuela unos trozos de lana y un par de botones. Después, le daban forma de ratón y Persa lo guardaba debajo de la alfombra.
Cuando llegaban los abuelos, uno de los ratones más rápidos corría delante de Persa gritando como si estuviese asustado. Y entonces se metía en un agujero de la pared mientras que Persa cogía de debajo de la alfombra el ratón de lana y se lo enseñaba a los granjeros.
Los abuelos, muy contentos con Persa, le daban siempre su comida.

Y así, todos se ganaban su comida y vivían felices.
Pero la abuela sigue sin saber por qué nunca le puede poner botones a los puños de las camisas y por qué nunca le llega la lana para ponerle mangas a los jerséis que hace para el invierno.

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