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El poder de la mente


Es curioso cómo trabaja a veces la mente cuando estamos nerviosos y no sabemos qué va a ser de nosotros. Siempre se pone a trabajar, a veces a cien por hora, inventando y elucubrando mil cosas, quizá todas equivocadas; de tal modo que parece que todos llevamos en nuestro interior el alma creativa que anhelan los escritores de ficciones para sí.
Pongo por ejemplo el caso de lo que me sucedió hace ya unos días. La ambientación es una de las que más veces ha visto este tipo de comportamiento por parte de una atormentada mente humana: un hospital; más concretamente, una camilla sobre la que estar tumbado.
Creo que pocas situaciones puede haber en las que sentirme más solo e indefenso para que se haga conmigo lo que sea. Es como esos sueños en los que te persigue el enemigo y eres incapaz de moverte. Aquí estás tumbado, sin poder levantarte, sin dominio sobre tu cuerpo –porque una bata blanca dijo hace un rato “no te muevas”- para dejar que una, dos o un grupo de personas que ronda a tu alrededor con jeringas y diversos aparatos hagan contigo lo que les parezca oportuno.
Después del “no te muevas” viene la segunda fase: “no te va a doler”. Es, quizá, la peor fase. En la anterior respondías indirectamente, sin decir nada, sólo obedeciendo. En esta respondes hacia tu interior –quizá exteriormente- diciendo: “eso no te lo crees ni tú”. Es esa fase en la que nadie te toca, nadie te hace nada; sólo hablan entre ellos en su jerga y juntan sus “juguetitos” en una bandeja como si no estuvieras delante. Y al ver esos aparatitos y oír palabras o frases sueltas de las que se intercambian, el temor y la ansiedad crecen al tratar tu mente de juntar toda la información que está recibiendo para adivinar qué rayos te van a hacer. Esto siempre será peor que el resultado.
Entonces te ponen una ligera sedación. Sinónimo de futuro dolor.
Si ves una aguja, será para cualquier cosa menos para profundizar en tu delicada piel.
Si oyes que alguien pide un bisturí, descubrirás que es una inofensiva pinza, que no corta para nada.
Si el médico se pone los guantes en plan “vamos allá”, pasamos a la tercera fase: “si te hago daño, me lo dices”, la cual se contradice totalmente con la anterior. Si me acaba de decir que no duele y ahora añade que avise cuando duela, deduzco que esto va a doler mucho. Así que decides pegar un grito al menor roce aunque, al final del proceso, no hayas abierto la boca para nada.
Entonces tu mente es envuelta por el sedante, bendito sedante que hace que estés totalmente consciente de lo que te hacen sin que lo notes o te afecte en absoluto. Todo pasa. Pasa todo. Y todo lo que has inventado no ha servido de nada. Sólo para pasar un mal trago que olvidarás en cuanto acabes. Quizá sólo para estar entretenido durante la espera.
Aunque, en el fondo, antes de entrar en la enfermería sabía que esa tarde me reiría de toda la situación, tal como lo estoy haciendo ahora...

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