martes, 12 de agosto de 2008

Cámaras funerarias digitales

El viernes leí una columna en el Diario de Ferrol en la que una famosa poetisa de estas tierras (Yolanda Castaño) comentaba unas palabras sobre las vacaciones, antes de irse a disfrutar de las suyas. Comenzaba hablando de los grandes viajes y de irse lejos de la terriña.

Pero después la cosa se ponía más interesante. Dijo, y con razón, que las vacaciones duran más que esos quince días que nos dan en el trabajo. Y es verdad porque hay un antes y un después que forman parte de esas vacaciones y del que nos olvidamos cuando todo ha pasado.
Antes vienen los preparativos -que algunos hacen de año en año. Según acaban unas prepararan las siguientes-, la elección del destino, la planificación del viaje, la búsqueda del alojamiento y de los lugares de interés, las maletas, el propio viaje... Esta parte de las vacaciones está bien al principio por la emoción que supone el ir pensando y planificando a nuestro gusto -o, más o menos a nuestro gusto- cómo van a ser esos días de liberación, relajación y diversión. Pero, los preparativos se van haciendo cada vez más tediosos y acaban en el muchas veces insoportable viaje, con sus esperas y su consiguiente sufrimiento.
Después, tras la vuelta a casa, como dice Frodo: "¿Cómo se retoma el hilo de toda una vida?" No será para tanto, pero mucho lo ven así. Después, las vacaciones continúan en nuestro interior. La mayoría de la gente se esfuerza en lo posible por inmortalizar cada momento de sus vacaciones. Lo pasan tan bien que no quieren perderlo jamás y, en su ingenuidad, creen que tienen en su poder una caja capaz de almacenar hasta el fin de los tiempos sus mayores alegrías y sus más agradables sentimientos de felicidad. Y le llaman cámara. Curiosamente, como en las películas de arqueólogos y buscatesoros y fuentes de felicidad. Cuando, hacia el final de la peli, están llegando al fin del viaje, tras muchas pistas descubiertas, enigmas resueltos, matones despistados y porteadores muertos en trampas milenarias; el tesoro está en una "cámara".
Y lo mismo nos sucede en las vacaciones. El tesoro está en una "cámara". Así que podemos estirar las vacaciones como chicle -esta expresión la decía así Yolanda- rememorando esos momentos con las nuevas tecnologías que tenemos y con los recuerdos que nos hayamos traído de nuestro destino. Algunos hasta traen de recuerdo el ticket del metro.

Y esto me lleva a otra columna, una que leí el domingo en La Voz de Galicia -siento no poder decir quién la escribió, no lo recuerdo-. Esta hablaba de los elegidos de España en Pekín. Allí, podemos decir que, más o menos, están también de vacaciones. Y el escritor mencionaba el curioso momento de la inauguración en el que pasan todos tras su bandera. España pasó como siempre, con sus colores, sus gorros de paja y no muy esmerados en el orden. Pero lo que mencionaba el hombre en concreto es que casi todos, sino todos, sacaban fotos y grababan como locos.
Ese es un momento importante de sus vidas y lo están disfrutando tanto que no saben qué hacer para que nunca se les olvide. Suele pasar. Así que, como los antiguos emperadores de las grandes dinastías, recurrimos a la "cámara". No sé cómo serán esas fotos y esos videos pero, pensándolo bien, no quiero imaginarlo.
En definitiva, estoy de acuerdo con la reflexión final del autor de la columna. "Filmar o vivir", decía. Y yo, personalmente, confieso que nunca llevo la cámara a mis vacaciones. Prefiero vivir, prefiero guardármelo todo en mi interior. Prefiero que todo quede bien clavado en mis retinas y que se fije lo mejor posible en mi mente. Eso es algo que nadie me podrá quitar. Ni siquiera el reducido objetivo de una cámara.

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