jueves, 31 de julio de 2008

Swift Uncesored

Hace algunos días descargué en pdf Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Era un libro que tenía ganas de leer, por ser de esos que todo el mundo conoce por sus incontables adaptaciones posteriores de dibujos animados, películas… pero que pocos han leído.
Sin embargo, me resultaba tan difícil leerlo en pantalla -se escribió en 1726- que decidí traerlo de la biblioteca.
Según cuenta la introducción del libro de la biblioteca, esta obra no fue muy bien vista en su época. Es más, fue muy mal vista. Muchos críticos la llamaron la “obra de un depravado” y cosas semejantes. Parece ser que Swift hablaba de cosas que resultaban tabú por aquel entonces y parecía burlarse con bastante descaro de la Inglaterra de la época y sus personajes.
Pero lo sorprendente y digno de mención llegó cuando comparé una edición con la otra, porque la edición en pdf ha sido previamente censurada. Por suerte, la edición de la biblioteca está completa, como lo hubiese querido Swift, y no me perderé nada.

Por ejemplo, un curioso y cómico suceso que tiene lugar en el primero de los viajes, en el archifamoso país de Liliput.
Como todo el mundo sabe, es un país lleno de hombrecillos de no más de 15 cm. de alto que apresan a Gullivert y lo tienen atado como a un perro junto a una caseta. Y en un momento dado, Gullivert cuenta esto:
Llevaba ya varias horas extremadamente oprimido por los requerimientos de
la naturaleza, y no sin razón, pues hacía ya casi dos días que no exoneraba el
vientre. Me encontraba en grandes aprietos entre la premura y la vergüenza. La
mejor salida que se me ocurría era deslizarme dentro de mi casa, así que lo hice
y, cerrando la puerta tras de mí, avancé tanto como la longitud de la cadena lo
permitía y liberé el cuerpo de aquella molesta carga. Pero fue ésta la única vez
que fui culpable de una acción tan sucia, y por la cual no puedo sino esperar
que el amable lector me conceda cierta indulgencia, una vez que considere
detenida e imparcialmente el caso y el apuro en que me hallaba. A partir de
aquello, mi invariable costumbre fue realizar tal menester al aire libre en
cuanto me levantaba y tan lejos como me permitía la cadena, y cada mañana, antes
de recibir compañía, se tomaban los debidos cuidados para que dos criados
destinados a tal menester retiraran la ofensiva materia en carretillas.

De pequeño, tengo visto muchas películas y dibujos de este personaje, pero nunca vi este episodio. Desde luego, me habría reído mucho viendo lo de los carretilleros. Sería digno de mención. Como dice el fragmento: considere detenida e imparcialmente el caso.
Pero no queda ahí la cosa, después se declara un incendio en el palacio real y sucede esto:
El calor que me entraba al acercarme tanto a las llamas y mis esfuerzos para
apagarlas hicieron que el vino empezara a funcionar como orina, que vertí en tal
cantidad y dirigí tan certeramente sobre los lugares necesarios, que en tres
minutos el incendio estaba apagado y el resto de aquel noble conjunto, que había
costado tantos siglos en levantarse, salvado de la destrucción.

Lo que había hecho Gullivert se consideraba delito, pero dadas las circunstancias fue indultado. Ni qué decir tiene que la reina no volvió a pisar los aposentos implicados en el incidente.

Y no acaba ahí la cosa. A todo aquel que lea este libro, que se asegure de contar con estos fragmentos. Que no le quiten la gracia al libro…

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